De viejo

Extranjero, con las facciones escondidas entre arrugas y el pelo de la cabeza migrado a las orejas, viene al nuevo país para descansar de su vida de autor. Sus días son caminatas, baguettes de pan suave, cafés con mucha leche, la mitad de un cigarro de vez en cuando. Se ofrece como voluntario en la librería de viejo, transcurren siete semanas y en la octava la desgracia: del sótano suben tres libros suyos. El viejo se sonroja, desvía la mirada, pasa saliva, sonríe a medias. ‘De estos hay muchos allá abajo, nadie los compra. Son para la caja de cincuenta céntimos’, dice alguien, que no sabe. Se tratan de nombre de pila, nadie lo reconoce, no conectan los gestos, su silencio, la palidez, hasta que sale caminando –no puede correr– de la tienda. Abandona su chamarra buena y una bufanda que compró en su tierra. No regresa jamás.

Un pensamiento en “De viejo

  1. Mmm… qué cosas. Muy bueno también, transmite completamente la emoción del personaje. Alguien alguna vez compró sus libros no? Que regrese por su chamarra,ojalá que en casa reflexione y se sienta mejor.

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