Monedas para el tragaperras

Todo empezó como el sueño que un neoyorquino tuvo un martes en la mañana: entramos en el peor bar del rumbo, en la primera noche de un otoño que seguía a dos semanas de verano tardío y que, por eso, dolía más.

Era un lugar pequeño, cruzando la puerta de vidrio con persianas de madera detrás. Era una barra larga y roja, con sillas de vinilo negro enseñando el relleno. Había una pareja sentada donde la barra hacía esquina, él con su suéter amarillo en cuello V, una espiga metida en pantalones de un color bastante inusual: la señal internacional de la gente pesada. Su mujer con el pelo rizado y largo, o lacio y corto, con una boca pequeña y sensual o grande y ordinaria, y ojos gigantes que se hacían pequeños a voluntad. Platicaban los dos muy cerquita de la pelirroja que atendía la barra. Al fondo junto a la puerta del baño una máquina de ping pong, o lo que más tarde aprendería se conoce como tragaperras.

La pareja de la esquina eran los únicos clientes, además de nosotros. Los pasamos y nos seguimos hasta el fondo, tú te sentaste mirando hacia el espejo en la pared y yo frente a la maquinita, que prendía sus luces de cuando en cuando para invitar a su juego de 25 céntimos el turno. No nos decidíamos a quedarnos cuando la pelirroja se acercó con un trapo en la mano y nos preguntó qué nos podía ofrecer. Ordenamos porque nos dio vergüenza salir. Sirvió la mujer mi cerveza y luego tu vino en una de esas copitas especiales para Porto, y arrastrando el trapo sobre la barra regresó despacio a la intimidad de su esquina con la pareja. Al levantar mi vaso la vi acercando su rostro al de la mujer, diciéndole un secreto en la boca, mientras el hombre asentía con la cabeza y sonreía. Chocaste tu copita con mi vaso y se levantó la mujer de su silla caliente, su mano acariciando el cuello del novio, bailando sus pies como si en el lugar hubiera más música que la cancioncita que salía de pronto de la máquina atrás de mí. La bartender levantaba su trapo del lavabo y lo pasaba otra vez sobre la barra, dejando sobre el acrílico un rastro de gotas grises con el que luego se entretenían sus dedos. Algo me contabas de la maestría, de un examen para la próxima semana, y mientras en su esquina el del suéter amarillo comentaba alguna cosa que hacía que las otras dos soltaran largas carcajadas. Entonces hablábamos nosotros más alto y nos aferrábamos a los ojos del otro, esforzándonos por ganar nuestro terreno en aquella barra roja, pero era tan difícil. El flaco celebraba su ocurrencia sonriendo, caminando de la barra hacia la puerta y de regreso, con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón morado.

Tres tragos de mi cerveza y ya sabía que no quería más, la copa en tu mano se veía más llena que cuando la habían servido. Algo te dije entonces, algo te conté de mis clases, de la tesis, pero ni nuestra conversación ni nuestro fondo de la barra nos protegía del patético trío de la esquina. Tú los mirabas por el espejo en la pared, yo con vistazos furtivos de mi ojo derecho. Así platicando sin poder oírnos, vimos a la novia levantarse otra vez de su silla, haciendo esta vez mucho ruido para que su novio confirmara, sin culpa ni duda, lo borracha que estaba. Caminaba hacia nosotros sosteniéndose de los respaldos de cada silla que pasaba, sus ojos bebiéndolo todo excepto al acompañante, que ya tenía sus manos entre las de la bartender y las acercaba así, como suplicando, hacia el top elástico que la pelirroja llevaba puesto. La puerta del baño estaba atrás de mí y al acercarse nos sonrió la mujer con su travesura de domingo a las ocho menos quince saliéndole por lo negro de los ojos. Atrás se aventuraba su novio buscando el primer beso pero la pelirroja jugueteaba y no terminaba de ceder. Se servía un shot de whiskey, lo empinaba y luego posaba el vasito con fuerza sobre la barra. Con la mano mojada de agua de trapo y whiskey se recogía la melena en una cola de caballo y la dejaba caer luego sobre los hombros de pecas. La levantaba otra vez y el hombre se sentaba, asentía con la cabeza, pegaba en la barra, se volvía a poner de pie.

Comenzaste a contarme de una americana que había entrado a tu curso. El silencio repentino nos pegaba como olas en los oídos y con la ausencia de la novia logramos casi aislarnos de los otros dos. Entonces salió su voz del baño, desde donde se empeñaba a seguir participando en el triángulo. Los otros dos la ignoraban, tal vez ni la oían, y se prometían breve pero profundo. Insistía de nuevo la ojona, algo pedía, que le sirvieran una soda. El hombre le gritaba cualquier cosa y ella aceptaba todo como respuesta válida entre el eco de sus paredes y la puertita blanca. Le diste un trago más a tu vino y lo dejaste sobre la barra, como diciéndome rindámonos. Dejé mi vaso yo también, lleno a la mitad, y me levanté para ir al baño antes de irnos. Te dejé un billete para pagar mi parte de la cuenta.

En el baño encontré a la mujer perfectamente de pie frente al espejo, quitándose las lagañas de un ojo. De la sonrisa de antes, nada. Entré al privado y escuché cada ruido del bar sin distorsión alguna: el fondo del vaso de la bartender bajando sobre la barra, los dedos del flaco tamborileando, luego unos golpecitos con la palma abierta, la voz de la novia regresando con ebriedad renovada y de pronto tu voz mezclada con la del flaco y unas carcajadas como gritos.

–Ah, eres de los míos –te decía sin dejarte contestar– Yo también hago siempre que pague ella y luego el vuelto me lo gasto en la máquina tragaperras –y soltaba todas sus carcajadas.

En el baño no había jabón para lavarse las manos, salí correteada por aquella última palabra del flaco, que me sonó tan a insulto, y me tropecé con una caja vacía en el camino hacia la puerta. Te encontré con el abrigo puesto y el mío en la mano, la boca en una o pequeña de indignación. El flaco tenía un brazo sobre tus hombros y te ofrecía “un jueguito” en la máquina. Me vio salir del baño y puso una mano fría sobre mi hombro para decir:

–Un buen chaval que tienes eh, qué bonita pareja hacéis.

Me diste mi abrigo, me lo puse y entonces estiraste la mano con ademán exagerado para darme unas moneditas, mi “vuelto”. Explotó en carcajadas el flaco, el pelo brincándole sobre la frente blanca, su voz hecha una con la cancioncita que salía de la endemoniada máquina. Nos tragamos la última cucharada de aquella inesperada manifestación de lo que el fin del verano, o la inminencia de un lunes, o la vida misma, orilla a hacer.
Afuera las ramas de los árboles rasgaban la noche sobre el paseo del prado.

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