Le ardía el cuello de las ganas que tenía de voltear, de girar la cabeza y ver a Joaquín caminando hacia su casa, conseguir una última mirada suya. En ese azul que arrastra de noche el agua tibia hasta el pueblo, sonreía con la idea de que él también quería voltear pero, como él mismo, no se atrevía. Nunca supo que Joaquín ya se había detenido, se había atrevido a voltear y solo había encontrado su espalda. Ahora caminaba sonrojado, doliéndole una certeza incorrecta.
Está increíble, me encanta la manera en que retratas lo que el orgullo nos podría dejar perder.
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Me gustó mucho. Es muy padre leer en tan encantadoras palabras, lo que algún día nos pasó
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