«Déjame la ventana abierta» dijo en cuanto me sintió entrar al cuarto.
Iba saliendo del baño y no le entendí porque llevaba una toalla enredada en la cabeza. No tenía ganas de adelantar nuestra interacción de cada noche así que pretendí no haberlo oído. Me sequé el pelo a medio camino entre el baño y la cama, todavía no sabía dónde estaba él y no quería sentarme cerca.
Ya había terminado de lavarme los dientes pero no me atrevía a apagar la luz del bañito, no había vuelto a hablar y yo seguía sin saber dónde estaba. Nunca me iba a dormir sin antes preguntarle, saber me daba una sensación de control sobre el caos que me envolvía desde hacía ocho noches.
«Déjame la ventana abierta» volvió a decir justo cuando apagué la luz. Había dejado la mano sobre el interruptor para prevenir precisamente aquello y antes de que terminara su frase la luz ya estaba de nuevo encendida.
–¿Dónde estás? –pregunté.
–Abre la ventana.
–Dime dónde estás.
Y ya no quiso contestarme. Dejé la luz prendida y me acerqué rápido a la cama, cuidando que mis pies no se alejaran de las patas de madera para que no pudiera jalarme, como había pasado la primera noche.
–¿Dónde estás? –insistí, agachando la cabeza para oír si la voz venía de abajo de la cama, pero otra vez no quiso contestar– ¿Estás abajo de la cama? –pregunté con todo mi cansancio saliendo en mi voz.
Oí la puerta de abajo cerrarse, un coche pasar por la calle de atrás, el clic de la lámpara de los de arriba apagándose, el hueso del dedo pulgar de mi pie izquierdo tronar.
–No –contestó por fin.
Caminé hacia el baño, apagué la luz, cerré la puerta y me acosté en la cama azul. Metí los brazos bajo las sábanas y me tapé hasta la nariz. Me venció ese sueño duro de cada noche y apenas pude abrir la boca para insistir «Dime dónde estás», antes de que me cubriera la ola negra que tantas noches había venido por mí.
En la primera tregua de las pesadillas de aquella noche, me contestó por fin con un tronido de la madera del ropero junto a la ventana. Ahí se había metido.
Volví a abrir los ojos en la hora en que la madrugada se va deshaciendo y lo oí quejarse, pero no dijo nada de la ventana. Me sumergí de nuevo en mi sueño, que era como el fondo de un pozo, y escuché los gritos de los que dos años después morirían en el accidente de la feria de San Javier. Los oí gritar y escuché su piel rasgándose contra las ramas de los árboles artificiales que decoraban la atracción del “Vuelo Alpino”. Oí las espinas de plástico verde entrándoles en los muslos, en el vientre, en los antebrazos, y hasta los que ya estaban muertos parecían gritar cuando a mitad de su vuelo los encontraba aquella trampa insospechada.
Desperté de ese sueño premonitorio con la sed de los sobrevivientes y me fui en bata al comedor para tomar siete vasos de agua, cada uno entrándome como vidrio molido en la garganta, cada uno obligándome a tomar el siguiente hasta llegar al séptimo, que siempre me curaba. Regresé a mi cuarto antes de que los demás llegaran a desayunar, ya sabía que iba a encontrar todo revuelto en la recámara pero al menos era de día y en el día él no podía salir de donde fuera que en la noche se hubiera metido. Levanté rápido lo que estaba en el suelo cerca del ropero, hice la cama y me vestí con la ropa del día anterior. El cuarto vibraba con la lámpara encendida y pensé en el foco que se había reventado cinco días antes, así que lo apagué y desconecté la lámpara junto a la puerta. Le quité el foco, por si acaso, y lo eché a mi bolsa de libros.
Tenía el plan de quedarme hasta muy tarde en la biblioteca. Roberto, que sabía de mis pesadillas (aunque no de la causa), me había dicho que podía quedarme a dormir ahí siempre que quisiera. Pero no eran ni las nueve cuando llegó Armando para decirme que la lámpara del techo de mi cuarto se había reventado otra vez. Desde el pasillo olía a café quemado, ese olor que las lámparas viejas de halógeno emiten, y en el cuarto mi camita azul estaba llena de vidrios. Gloria se llevó los pedazos envueltos en las sábanas y Armando me dijo que no iban a poder cambiar el foco sino hasta el siguiente día. Revisó que la luz del bañito funcionara todavía y cuando se asomó a la pantalla de la lámpara junto a la puerta le sorprendió que no tuviera bombilla. Le dije que yo se la había quitado y la tenía guardada y me miró con el gesto que se había estado aguantando desde la primera vez que la lámpara se reventó. Me preguntó si quería que pusiera el foco en la lamparita y le contesté que no. Regresó Gloria con nuevas sábanas y Armando aprovechó para salirse con ella. «Buenas noches» me dijo, dejó pasar a Gloria y cerró la puerta tras de sí.
–¿Dónde estás? –pregunté con el silencio del cuartito chocándome contra los oídos.
–Atrás de ti –me contestó y salté al baño para abrir rápido la puerta del cuarto.
Por el pasillo avanzaban algunos que iban temprano a cenar. Dejé la puerta abierta y puse rápido las sábanas nuevas sobre la cama. Alcancé a salir del cuarto cuando los últimos alumnos caminaban del auditorio al comedor, con sus partituras en la mano.
En la cena Roberto se sentó frente a mí y toda la noche se esforzó por distraerme contándome sus propios sueños, alguna noche había visto un dinosaurio enterrado bajo la alberca. Me dejé tranquilizar y no quise levantarme de la mesa hasta que comenzaron a llevarse los platos de fruta y Roberto ya llevaba un rato de pie, siguiéndome la conversación con sus ojos dormidos.
Cuando entré al cuarto la cortina estaba corrida y la luz de la farola entraba para alumbrar la mitad superior de la cama, ahora blanca. No tuve que preguntarle dónde estaba, en cuanto crucé el umbral de la puerta del baño oí un resorte del colchón vibrar. Cerré la puerta y me metí a bañar. Me quedé bajo el chorro de agua caliente hasta que el depósito se vació.
Se cerraban las últimas puertas sobre el pasillo cuando terminé de secarme el pelo y con la toalla húmeda entre las manos, muy cerca de la puerta del cuarto por si algo inesperado ocurría, miré la franja de sombra bajo la cama y dije:
–Salte de ahí.
–Abre la ventana –contestó de inmediato. Apreté la toalla.
–No –contesté.
Tronaron las cuatro patas que sostenían el colchón de la cama y la mesita de noche vibró como cuando pasaba un camión de carga por la calle de atrás. Avancé rápido hacia el baño y cerré la puerta de golpe, asustada y harta y cansada. Pero qué podía hacer. En el baño no había más que una toalla de manos. Lo que me hubiera servido de cobija, la toalla del pelo, estaba húmeda entre mis manos. No quería dormir ahí, donde de todas formas me alcanzarían las pesadillas. Abrí la puerta rápido, de golpe como la cerré y volví a escuchar la misma frase de la noche anterior.
–Déjame la ventana abierta
–¿Dónde estás?
–En el ropero.
Corrí hacia la cama sin cuidar mis pies, distraída por su insistencia y mi cansancio, y ya tenía los brazos sobre el colchón cuando sentí sus uñas alrededor de mi tobillo derecho. Me jaló abajo de la cama y en el camino me pegué en la cabeza contra la mesita de noche. Apenas sentí su abrazo antes de sumergirme en la noche más negra de aquellos nueve días. Medio dormida, aún sentía el frío de la loseta del suelo, el golpe latiéndome en la cabeza, mis rodillas como en carne viva, una sobre la otra, y encima de todo su peso de muerte, el peso del tiempo que no avanza. Y además los sueños de siempre: nuestra mamá matándonos en el jardín de una hacienda, un sapo negro reptando en un camino de piedras de río, el cuarto vacío del niño con abatelenguas atravesándole los ojos. No hubo descanso en la peor de las noches. Amanecí temblando en el suelo bajo la cama.
Salí esperando que alguien me estuviera buscando, pero el silencio del pasillo me dijo que la noche me había durado más de lo normal y ya todos estaban en clase. Me vestí rápido y salí decidida a hablar con Roberto, a contárselo todo y rogarle que me creyera, pero cada ocasión que se presentó en el día se desperdició en silencios en los que apenas logré no ponerme a llorar. Cuando en la tarde me encontró en la biblioteca preferí escucharlo hablar sin responder mucho ni hacer preguntas. Salimos juntos hacia el comedor pero al pasar por la puerta de mi cuarto decidí no ir a cenar. Le dije a Roberto, con los ojos clavados en sus zapatos viejos, que me sentía «muy mal». Levantó la mano derecha y con una duda apenas perceptible en sus ojos cafés me acarició el cabello. Nos dimos las buenas noches y entré a mi recámara.
Alguien se estaba bañando en el cuarto de arriba y no me dejó más que unos minutos de agua tibia. Salí temblando de la regadera y me miré en el espejo. Dos ojos hundidos en una cara gris de boca blanca. Me moví a donde no me alcanzara mi propio reflejo y comencé a secarme el pelo. Colgué la toalla y abrí la puerta hacia el cuarto. La pregunta de siempre.
–¿Dónde estás?
La pluma en el cajón de la mesita de noche se movió tres veces, atravesé la distancia hacia la cama en dos pasos grandes. Me cubrí la cabeza entera con las sábanas y estaba pasando una mano rápida por mi pelo para revisar el golpe de anoche, cuando lo oí hablar.
–Abre la ventana.
Me quejé en voz alta y solté algunas lágrimas de miedo pero no contesté. Dejé los ojos abiertos. Aún estando cubierta del todo, el frío me lamía la columna vertebral. Pienso que no cerré los ojos, creo que fue así, despierta, que vi las sábanas teñirse de algo oscuro. Sentí el líquido tibio entrándome por boca y nariz y entendí que era sangre. Aventé la sábana blanca que me cubría y golpeó el suelo con un sonido húmedo. Intenté levantarme del colchón, también empapado, pero me dí cuenta que ya no podía moverme, Me quedé sentada a medias sobre la cama, apoyada sobre un codo. Así me tuvo lo que no debió ser más de media hora. Cuando se apagó la farola de afuera de la ventana, me dejó caer sobre la cama como marioneta. Cayó mi espalda sobre la sangre fría en el colchón, y no tuvo que repetirme nada. Me levanté de la cama en un latigazo y corrí hacia la ventana, quité el seguro y la abrí de par en par. Caminé despacio, goteando sangre, sin darle la espalda a la ventana, entré al baño y cerré la puerta. Me senté en el suelo con la espalda recargada en la pared y sin atreverme a nada más, rendida esperé a que amaneciera. Me levanté cuando escuché pasos afuera del cuarto. Pegué la oreja a la puerta del baño. Nada. Abrí despacito sin soltar la manija. La cama estaba revuelta pero limpia y con la sábana puesta, en el piso no había rastro de sangre, tampoco en mis brazos o piernas. La ventana sí seguía abierta. Corrí a cerrarla.
Me vestí y salí a desayunar, fui a las clases y estuve en la biblioteca, pero en cuanto oscureció regresé al cuarto.
–¿Dónde estás? –pregunté apenas crucé la puerta, asustada por el volumen de mi propia voz en el nuevo silencio del cuarto. Dejé mi bolsa en el suelo. No hubo respuesta. Repetí la pregunta y los golpes en la puerta del cuarto casi me matan del susto.
«¿Se puede?» oí del otro lado. Era Armando con una escalera y la misma cara del día anterior. Gloria venía detrás, cargando el nuevo foco para la lámpara. Agarrada a mi cuello, tratando de tranquilizar mi respiración, dejé la puerta del cuarto abierta. Terminaron de poner la lámpara, me dijeron que ojalá que esta sí durará. «Ojalá» les contesté.
Esa noche pregunté, desde la cama, a la nueva oscuridad (la de antes de que él llegara, la oscuridad recuperada) que dónde estaba. Ya sabía que no iba a haber respuesta, ya sabía que no estaba él ahí. Lo dejé salir. Me rendí y lo dejé escapar y sé que soy responsable del pobre que ahora sufre sus tormentos.
Oraleeee!!!! Esta buenísimo 👏🏻👏🏻👏🏻💕
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Qué bárbaro, me tuvo con los nervios de punta y no podía dejar de leer !
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Babalú… Babalúuuuu…
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Hijole! Me espanté de verdad! Muy bueno!
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