Morena con vestido

Un baile, me rogaba la morena, un baile, persiguiéndome como si no se diera cuenta de que las tiras del vestido se le habían aflojado y nos estaba enseñando la piel arrugada del final de su escote. Casi gratis, me decía, dos dólares, dos dolaritos, ándale, se agarraba del codo de la camisa de Regino. Un baile cortito, uno rápido, le tomaba el brazo y Regino no se atrevía a mirarla a la cara.

Ven, mujer, tranquila, le gritaban sus compañeras desde una banca verde bajo la única sombra del malecón. Déjalos, Tati, no hablan español, la aconsejaban sin levantarse de sus asientos, tranquilas trataban de tranquilizarla a ella, pero sus gritos la obligaban a subir la voz de sus súplicas.

Un baile, rubito, wan dangs, ya había soltado a Regino y caminaba ahora entre César y Sebastián. Wan dangs, les insistía e intentaba tomar las manos que llevaban los dos hechas puño, y nadie le contestaba. Una avispa ayer en el mismo paseo había provocado más reacción que la morena con el vestido a punto de caérsele. Seguimos avanzando hasta que los gritos de las otras mujeres ya no se entendían, aunque se seguían oyendo. La morena caminaba de espaldas frente a nosotros, con el seno derecho casi totalmente descubierto. Chiu doler wan dangs, chiu doler papito, por favor, parecía desesperarse de pronto y se acercaba a Ricardo, que iba junto a mí al frente de nuestro grupo, y se le pegaba tanto que la camisa azul tocaba la piel amarillenta del seno de la morena. Sankyu plis berimach papito, sankyu en wan dangs, plis, chiu doler, pero Ricardo ya había estado antes en el puerto y sabía mejor que nadie que en estas situaciones no se podía más que esperar a que terminara la morena su rutina y nos dejara seguir caminando. Desde mi puesto me tranquilicé al percibir en el aliento de la morena el tabaco avainillado que puede venir tan solo de un puro. Ya nos habían contado los primos de Sebastián que en el malecón también había mujeres de verdad y todos sabíamos que los problemas que estas traían eran muchos más graves que los que nos podía causar alguien como la morena que nos rogaba entonces, con su vestido morado a medio bajar.

Se despegó de Ricardo y regresó con Regino, para enseñarle el seno completo como penúltimo round que el protocolo de los ocho intentos le exigía. La vergüenza llenó los ojos de Regino porque sabía que la morena lo había identificado como el más débil del grupo y también por un recuerdo que evocó el lunar que alcanzó a distinguir junto al pezón del seno derecho de la morena. Se talló un ojo disimulando la lágrima, pero más no hizo. Escucho de nuevo las insistencias ahora en español, dos dólares, ¿qué te quitan dos dólares, hombre? Un bailecito rápido hombre, por piedad, aunque sea tenme piedad y regresó para delante la morena, con nosotros. Sentí su brazo tibio en mi cuello y en su aliento de puro escuché la oferta final: wan dangs for chiu, chiu doler, el otro brazo colgaba guango del cuello de Ricardo. For yu chiu chugedar, chu doler wan dangs. Seguimos caminando. Ella aflojó los brazos y se detuvo por fin. Pasaron César y Sebastián junto a ella y al último Regino, sudando decidido a no volver al puerto nunca jamás, o por lo menos a no caminar otra vez por el malecón. Antes de que nos lo pudiera decir con la indignación que quería, oímos de nuevo los pasos de la morena caminando de prisa a nuestra izquierda. Se nos adelantó varios metros y se sentó en la orilla de piedra del malecón para aflojarse con los dedos el tirante que faltaba por caer. Conforme se quitaba el vestido morado aparecía una espalda encamisada con los botones al frente y el pliegue elegante en la espalda, más abajo el cinturón de cáñamo y después el pantalón color arena. Se desabrochó las plataformas doradas con las manos todavía de mujer y al quitárselos aparecieron los mocasines del mismo color que el pantalón. Convertido de nuevo en lo que realmente era, sacó el uniformado con su mano de hombre un habano y un encendedor. Salían estos dos objetos del mismo lugar donde hace unos minutos colgaba la miseria de un seno de mujer arrugado, diseñado para provocar lástima. Encendió el agente su cigarro y al vernos pasar asintió con la cabeza. Siempre le daba gusto cuando hombres jóvenes pasaban la prueba.

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