A mí me pagan por recibir sartenazos en la cabeza. La verdad es que los golpes no duelen mucho pero siempre me dejan aturdido y con nudos en el cuello, cerca de la nuca. Después del primer sartenazo me queda todo el día el zumbido del teflón en las orejas y con cada día que pasa descubro más indicios de que los golpes me están echando el cerebro a perder.
Gano mucho dinero por los sartenazos que me dan de lunes a viernes, de nueve a cinco, con pausa de hora y media a la una de la tarde. Gano todo lo que quería ganar, un poco más que el promedio, suficiente para viajar en las vacaciones largas, las cortas de frío y las cortas de calor. Tengo buenas prestaciones, seguro de gastos médicos y de vida. Mi jefe me cae muy bien. A veces comemos juntos en la pausa de la una, y entonces puedo regresar a los sartenazos media hora más tarde de lo normal. A mi jefe también le dan sartenazos, aunque con menos frecuencia que a mí, y además es responsable de que los demás reciban los suyos. Él tiene seis años trabajando para la empresa y el efecto de los golpes que ha recibido se nota en su cara, en las ojeras que parecen pintadas con maquillaje, en su mal aliento de casi todos los días. Tiene más canas que mi papá, que es treinta y dos años más grande pero jamás recibió un sartenazo. Mi jefe quiere tener hijos con su esposa pero no ha podido embarazarla. A veces durante la comida fantaseamos con irnos de la empresa. Esto ocurre sobre todo los martes, cuando nos ponemos a comparar nuestro estado de salud durante el fin de semana con el del lunes y lo que va del martes. Pero ahí seguimos los dos todavía, trabajando en la empresa de sartenazos. La diferencia es que yo ya tengo mi cuenta hecha. Si trabajo cuatro años más tendré suficiente dinero ahorrado para retirarme a mis treinta y ocho, vivir tranquilo y además pagar el tratamiento que me quite el zumbido de los oídos y me deshaga los nudos del cuello. También podré volver a aprender a leer y escribir. Este último ha sido el peor síntoma hasta ahora, al final del primer año en la empresa me volví prácticamente un analfabeta. Al principio los sartenazos me quitaron solamente las ganas y poco después la habilidad; demasiado tarde me dí cuenta que ya no podía escribir como antes, ni siquiera un recado corto, y ya no disfrutaba leer. Cuando llegaba a mi casa no soportaba la luz encendida, había comprado una lámpara muy buena, de luz natural, para poder leer hasta muy tarde sin dañarme los ojos, pero rápido se llevaron los sartenazos el placer anticipado de todos los libros que me compré y que no pude ni comenzar. Me cuesta mucho trabajo concentrarme en la trama, en la página las patas de las pes y los cuellos de las des forman círculos que me marean. Al escribir sucede lo mismo. Dudo sobre tonterías como si la panza de la q va a la izquierda o a la derecha. A veces no recuerdo qué sigue después de la u en la palabra nunca. Es que llego a casa y lo único que quiero es olvidarme de todo, deshacer los nudos, perder el zumbido.
Ayer en vez de dormir me senté en la cama a pensar que mi trabajo me ha deshecho el cerebro a tal grado que pronto solo voy a servir para cumplir el inútil –y al mismo tiempo sorprendentemente bien pagado– trabajo de recibir sartenazos en la cabeza. El dolor en mi espalda, cabeza, nuca y frente se me hizo uno y se acostó al lado de la cama para explicarme que no tengo más remedio que seguir recibiendo los golpes. Si no, cómo voy a pagar el tratamiento contra el zumbido, los nudos y… otra cosa que ya no recuerdo.
ORALE, MUY BUENO!
Me gustaLe gusta a 1 persona
Muy bueno!!!👏🏻👏🏻🍀
Alicia Don’t worry, be happy !!!!
Me gustaLe gusta a 1 persona
Uy ahora si que para la mayoría este cuento es un espejo!
Parece que la mayoría nos hemos equivocado!
Invertimos casi toda nuestra vida en un trabajo agotador recibiendo sartenazos y luego caemos en la cuenta que fue el causante de todos nuestros males!
Pero que se le va a hacer! Hay que pagar los gastos esenciales para sobrevivir en esta vorágine llamada vida!
Me gustaLe gusta a 1 persona