La gran idea

Sus zapatos estaban llenos del caldo citadino de la tarde. La lluvia caía fría, sobre todos, ella caminaba de regreso a su casa. Una mezcla de orines de perros, gatos y borrachos, los escupitajos de los descarados y los ancianos, la tierra arrastrada de quién sabe cuál provincia cercana y toda la basura que la gente sabía tan bien producir, bailaba entre sus dedos y plantas de los pies, haciéndola caminar más lento de lo que ella quería. El zapato izquierdo le quedaba grande y llevaba más agua que su pareja. Traía paraguas, estaba en su bolsa, pero no había forma de sostenerlo y al mismo tiempo cargar los bultos del supermercado. Entonces se iba mojando.
Al doblar la esquina, una pareja de viejos comenzó a caminar frente a ella, bajo un enorme paraguas rosa; no podía adelantárseles. La vieja llevaba botas y el viejo sostenía el paraguas con guantes de piel.
Un perro lanudo y pequeño, vestido con un traje repelente al agua, la miró pasar. Sus dueños reían con pasteles y cafés y una empanada de algo salado y cigarros encendidos. No era justo.
No era justo pero al mismo tiempo no importaba. La mujer avanzaba despacio, atrás de los viejos, tranquila entre los charcos y las banquetas. Una idea, una sola y la más grande de todas las ideas de su vida, poblaba su mente hinchada.

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