De noche será que le da amnesia, será que olvida cuando termina el día. Va perdiendo su identidad entre la gente y los coches, si comienza a sonar su música, si se pone a bailar y llega la hora de los tragos, no se hace responsable. Lo tira todo por el camino que sale de su casa, junto con las colillas de los cigarros que se fuma, va dejando en la calle sus otros compromisos y se convierte en quién sabe quién.
Pide números, dame tu número, platica algo, saca a bailar, lo de siempre, hasta que comienza el siguiente día. Entonces regresa –del camino sí se acuerda– y se le van pegando solitos los pedazos que dejó caer cuando la noche comenzaba. El aire se los regresa, alguno lo alcanza justo frente a la puerta, en el último minuto, en forma de anillo. Se lo pone y es de nuevo él, que contesta las preguntas que le hacen sobre su noche de amigos.