EL ANHELO de hablar con alguien –sacar todas sus preguntas, otra vez, por millonésima vez, repetir lo de siempre, lo que ya todos le han oído decir– lo saca de la cama a las once y diez.
La mujer de siempre lo espera frente al fregadero de la cocina. Lo recibe su espalda, la nuca con la punta del pelo rozando el cuello de su blusa gris, una joroba que empeora cada mañana. No le dice buenos días. Camina despacio creyendo que puede levantar la jarra del café sin que ella se dé cuenta de su presencia, pero a mitad del camino ya se voltea ella y le habla.
–¿Quieres desayunar algo?
Se sirve café y hace un ademán con la taza llena para decir que esa taza con tres cubos de azúcar es su desayuno, como lo ha sido los últimos once años, y es un MARTIRIO tener que recordárselo cada mañana.
Avanza hacia el sillón frente a la televisión y la enciende. Ella abre la puerta del refrigerador y saca un jitomate, blanco de hongos por un lado. Lo pone sobre un plato para taza, le quita los hongos con un cuchillo de mantequilla y luego lo parte en cuatro. De la alacena saca una botella de aceite de oliva y otra de vinagre balsámico. Moja los trozos de jitomate con los dos líquidos, le pone sal. Recoge un trozo con los dedos y le da una mordida. Levanta el plato de la mesa y lo lleva hacia el sillón. Se sienta cerca de él, sin atreverse a colocarse justo al lado.
El solo sonido de sus dientes masticando la comida lo enerva. Lo tolera mientras la taza de café no se vacíe. Luego se levanta y camina otra vez hacia la jarra de café. Avanza después hacia el pasillo y sube las escaleras blancas. La mujer de siempre lo oye encender la televisión del cuarto de visitas.
Si pudiera hablar con alguien, si tan solo alguien estuviera dispuesto a escuchar todo lo que le pesa tanto adentro, pero en esta casa nadie me considera. Ni siquiera sabe que no me gusta desayunar, que odio el olor del jitomate crudo. Lo único que quiero es hablar con alguien, con quien sea.