Ocurrió todo en el orden exacto, lo hizo todo sin saber por qué.
Cerró la puerta de un empujón, la mano izquierda corrió el pestillo y comenzando con el pie derecho dio nueve pasos hacia la fila de puertitas de madera. Había tres. Abrió la de en medio y al entrar en el cubículo los ojos recorrieron la pared de loseta azul y se detuvieron en la octava línea. Suspiró y se dio la vuelta en el segundo exacto en que los ojos, a medio parpadeo, se cerraban. Cuando se abrieron ya no había puerta frente a ella, ni paredes ni escusado ni nada de lo que por tanto tiempo había habido en el baño de ese café en la única calle de aquella ciudad diminuta y doliente.
El cuarto era el mismo –¿Sigo aquí?– pero vacío de todo. La aparición repentina de un espejo frente a ella la hizo correr hacia la puerta, que ahora era pared sin salida. Regresó, sudando, expandida, palpitante, buscando. El espejo le mostró lo que con certeza terminaría devorándola. Alguna luz verdosa o violeta, una mano olvidada, conocida hace mucho en un sueño.
¿Qué son los hechizos de magia sino una secuencia específica de acciones y palabras?