Lo arrastra una noche muy oscura, violeta, muy desgraciada.
Ha sido larga la oscuridad y todo le duele, cada centímetro de arena le raspa la herida, toda la sal del mar le cuece la piel.
Lo mueve sólo un impulso, hay una mente decidida en cada una de sus ventosas, un instinto que anima al espíritu fragmentado y no permite admitir la derrota.
En las profundidades, un tentáculo cercenado atrapa arena, tres piedritas, una rama de algo. La boca del pulpo, a kilómetros de distancia, saliva y extraña el bocado que el tentáculo seguirá llevando a una boca que ya no está.