Cuando le preguntaban de ella, Andrés se cuidaba de no decir su nombre. Respondía sin dificultad pero tampoco se alegraba de tener que hablar de ella, le seguía doliendo, todos lo sabían. Pero hablaba de ella, ese es el punto: no evitaba el tema. Lo único que nunca decía era su nombre.
Sabía de latines, enseñaba en un colegio muy elegante y manejaba las palabras para que su evasión pasara desapercibida. Barajaba los pronombres, alternaba “esta mujer” con “aquella” y la superstición quedaba a salvo.
Su departamento de soltero era la guarida, solo ahí encontraba su consuelo. A puerta cerrada realizaba el conjuro: la tenía encerrada en su nombre y le bastaba llamarla para hacerla venir. Estando solo pronunciaba cada letra, luego el nombre de golpe, muchas veces, el nombre completo, gritando, y allí la tenía, en frente, detrás, en cada rincón del departamentito cubierto de nombre, bañado del nombre, María. Aparecía María sin falla, quisiera o no, ante el conjuro magnético de su nombre dicho con tanto fervor, primero suplicando y al final exigiendo.
Venía María a Andrés cuando la nombraba, las supersticiones romanas eran realidad. Andrés había leído mucho, se había informado y preparado. Había pasado cuatro años sin pronunciar el nombre, ni siquiera en su mente. Logró concentrar toda la presencia de una mujer en cinco letras, ató cada característica suya a la palabra que la invocaba. Después, soltó el nombre que le apretaba el corazón y entonces la mujer lo ocupó todo, multiplicándose según el número de veces que su nombre fuera pronunciado.
Habrán sido muchas ocasiones en que Andrés trajo de vuelta a María, porque cuando yo la vi en aquel departamento, quedaba de ella un suspiro delgado, traslúcido. Antes de que todas las Marías del cuarto se desvanecieran, una me alcanzó a mirar desesperada, pidiendo ayuda. Había yo entrado al edificio cuando un vecino salía, encontrando la puerta del departamento mal cerrada, y ahí me había quedado, atónito junto a la puerta, mirando a Andrés arrodillado entre sesenta u ochenta imágenes de la mujer a la que tanto quiso.
Salí mareado, apretando mi bolsa de libros, bajé los últimos tres escalones de una sola zancada y corrí hasta que las náuseas me doblaron ante un pobre arbolito. Se me acercaron para ayudarme, me acompañó una muchacha a una tienda para que me comprara un néctar de mango. Me recuperé, di las gracias y me fui a casa.
Sentado a mi mesa vacía, convencido comencé mi propio conjuro, suave. La primera aparición me hizo brincar de la silla. Dije «María» y apareció. Allí estaba. Me levanté hacia la ventana, caminé tocando la pared con la espalda. Repetí el nombre y la segunda María me sonrió, animándome. Llegué a la ventana y la abrí, felicitándome por mi plan y por haberlo puesto en marcha mientras todavía era de día y había luz. Me acomodé mirando los edificios de en frente, abajo dos señoras platicaban. Comencé a soplar el nombre, como si fuera jabón con agua y yo estuviera pasándolo por una red para hacer burbujas. Las vi salir por la ventana, flotando hacia arriba, María tras María. Repetí el nombre hasta que perdió su significado, como ocurre con todas las palabras que uno dice muchas veces en voz alta. Le dije adiós a la última y cerré la ventana.
Logré evitar a Andrés durante varias semanas. Salí de viaje, supe que le ofrecieron una plaza fija en Madrid y que la aceptó, después alguien me mostró una foto suya con una muchacha muy bonita. Me felicité de nuevo, qué bien lo había hecho, y seguí trabajando en mis cosas.
Pero cuando se me acabaron las ocupaciones, me sorprendió la noche de un dolor muy viejo. En mi cama me encontré muy solo y un nombre me bajó a la boca. Lo dejé salir, obtuve respuesta.
[Foto de @ale666 en Instagram]