No hay tren de pasajeros en mi país. El único que alguna vez vi en mi ciudad, transporta metal. Atraviesa Polanco por Ferrocarril de Cuernavaca. Llega el tren, pasa, algunos lo miran, se va. No se arma ningún alboroto.
Y yo acá, tan lejos de allá, me subo a un tren y me deshago.
Compramos los boletos, buscamos la plataforma, veo llegar al tren, se abren todas sus puertas y comienza a salir la gente. Ahí entre la multitud estoy yo pero no me reconozco. Tengo la cara apretada, ya me comenzó a bajar la piedra por la garganta, se hace más grande conforme baja al estómago y mi rostro es otro. De algo lejano me he de acordar, algo perdido. Ya nos subimos, avanzamos a un vagón con poca gente, me siento y comienzo a llorar. Los segundos que el tren espera en la plataforma me arrancan unos lagrimones, unos suspirazos, y se agarra mi cuerpo fuerte a su alma. Se van cerrando las puertas y alcanza a entrar una señora con su hijo. ¡Una señora! ¡Con su hijo! Me sube por la garganta un tosido hecho nudo, comienza a andar el tren. Nos vamos alejando y qué tristeza, el tren se mueve con mi pura tristeza, todo en un tren duele, todo va crujiendo, todo se va quejando.
Afuera aparecen unas vacas, el campo, mucho, dos caballos. Nada es como en el país que dejé, nada me recuerda particularmente a lo que (¿perdí?) dejé atrás. Y voy llorando.
Se me va a pasar cuando nos bajemos del tren, va a pasar. Llega el señor de los boletos y le doy el mío, otro alguien llorando en el tren. Me agradece sin mirarme. Afuera pasamos tres pueblitos, una fábrica, el río nos acompaña por nueve kilómetros y yo adentro, sigo llorando. Cuando nos bajemos se me va a quitar. Es algo del tren. Algo de irse. Avanzar y tener a la vista lo que se va dejando atrás.
Entramos a la ciudad y me pongo peor. Se detiene el tren y en el pasillo otra vez me ahoga la gente, me miran imaginándose la razón de mi tristeza, lo miran a él, que me acompaña en silencio, y lo tachan de culpable. Se abren las puertas. Piso la plataforma medio borracha, nublada por las lágrimas. Me sacuden los últimos sollozos y cuando atravesamos las puertas de la estación me seco la cara en una manga del abrigo, me limpio la nariz con medio paquete de kleenex. Ya pasó.
Queda solamente el regreso.
¡Te extrañaba demasiado! Casi lloro al leerte, ya no nos abandones tanto, al menos leyéndote te siento un tantito menos lejos.
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