Nos encontró. Se acercó caminando sobre la calle transversal, la vi venir desde la ventana del café y me agarré a la mesa en un mareo.
Por qué nos sentamos ahí, se me ocurrieron cien cosas, estábamos buscando que nos vieran, que nos descubrieran y pasara por fin algo que terminara este vaivén cansado. A la mejor fuiste tú, me traicionaste, si fuiste tú quien eligió el lugar, la mesa cerca de la ventana, la hora. Sabías que iba a pasar ella por aquí.
Cómo pudiste, te dije, o ahí está, o te amo. Algo habré dicho, dos palabras, porque miraste tú también afuera y la viste caminando en una línea recta que terminaría en nosotros. Nosotros ahí sentados, mirándola venir, anticipando los ojos reventando en incredulidad, el llanto, un golpe tal vez. Nosotros ahí sentados, esperando a que rompiera la ola y nos deshiciera. Y ella que pasa de largo.
Nos vio, me tiene que haber visto a mí, me giré completamente en la silla para seguirla con la mirada, caminando tan tranquila, ni lento ni rápido, con una mano en el bolsillo de su abrigo blanco. Me giré, me giré toda, casi me levanto para seguir viéndola. Me tuvo por lo menos en la esquina de su ojo derecho, pero iba ella tan feliz que no desvió la mirada.