Lontano

Anita:

Ya he tachado diecisiete días en el calendario desde que llegué aquí y hasta ahora encuentro una buena postura para escribirte. Estoy recargado contra una puerta, tengo las rodillas encogidas y la libreta encima de las piernas.
Afuera está la noche (lo que en la Tierra conocemos como noche) por todas partes. Afuera es noche. El espacio. Todo lo que es, está ahí fuera. El ojo de Dios, cien mil millones de estrellas tan solo en la Vía Láctea.

Como es miércoles y me tocó descansar, pasé todo el día mirando afuera, viéndolo todo girar, porque gira todo al mismo tiempo que nosotros giramos. Y va cambiando de color. Hay colores aquí que en la Tierra no existen, que la luz altera, y que nos rodean como manos de una Diosa muy bella y antigua, que nos canta. Parece que nos acaricia y es con ese suave movimiento que giramos y avanzamos, acompañando a la Tierra en su órbita, siguiéndolos a ustedes allá abajo. Por eso te siento cerca, así no te extraño tanto y no me abruma todo este espacio, la noche infinitísima, porque te veo y sé que ahí estás, abajo, mirando hacia nosotros.

Nos recomiendan leer mucho, sobre todo en los tiempos libres, cosas de la Tierra, novelas bucólicas que nos permitan regresar a lo que conocemos. La verdad es que en estos días he estado tan fascinado con todo lo que está ahí afuera, tan lejos por tanto tiempo y ahora tan cerca de mí, que no he podido leer más que unas páginas del libro que me regalaste.

También paso mucho tiempo platicando con Víctor y Anastasia, nos hemos hecho muy buenos amigos y no ha habido ninguna discusión sobre cosas como quién usa el baño primero o si alguien no desconectó la caminadora después de usarla. Hablamos por horas sobre lo que vemos y lo que nos hace sentir. Nuestras conversaciones se interrumpen solo a la hora de dormir.
Con los de la estación también hay buena relación, esta carta te llegará en manos de Henry, un veterano de Berlín con el que he estado practicando mi alemán.

Nuestras camas son muy cómodas y aunque al principio me costó trabajo acostumbrarme a los cinturones con los que hay que dormir para no estar flotando por toda la nave, ahora duermo mis ocho horas sin interrupción. No tengo pesadillas. Despierto feliz, buscando uno de los 16 amaneceres que vemos cada día. El Sol parece otro aquí, es un fuego blanco, radiante entre todo lo que brilla, enorme junto a los otros fuegos que se encienden y se apagan.

Lo mejor de todo es que hay algo de verdad en lo que en esta carta te escribo. No pases mucho tiempo tratando de descifrarlo.

Muy lejos,
F. A.

[Imagen: la Estación Espacial Internacional pasando frente al Sol]

Deja un comentario