Moría

De aquel corazón restaba una patada, una patada entre las costillas, un golpe. Los últimos esfuerzos del motor que animaba a aquella gigante fueron enormes. Nunca trabajó a medias, lo dio todo, iba a seguir dándolo, y después se detendría.

  Moría María y la miraban. Alzaba los ojos y las manos se apoyaban en el colchón en el que la habían colocado para que descansara, se quería incorporar. Venía lo último, lo sabía, y quería decir alguna cosa para despedirse.
Juan, el pequeñito, la miraba morir con asombro. La oía sorber el aire, miraba la figura de sus piernas juntas bajo la sábana y el edredón. Moría y sus piernas querían seguir. Juanito no entendía que la madre que le habían asignado se quería levantar de la cama. María moría y Juan permanecía lejos, inmóvil. La miraba morir.

  Pedro esperaba fuera, mirando el camino, esperando encontrarse a alguien. Sabía que moría aquel monumento y no podía soportarlo. Miraba el camino y oía las patadas que daba el corazón de la mujer más grande que ha existido. Era un tambor. No se debilitaría, lo daría todo hasta el final. Caminaba Pedro al ritmo de ese corazón moribundo. Marcaba el paso y miraba el camino deseando recorrerlo completo, llegar hasta el final y ahí encontrar a María. Adentro, ella moría.

  Cerca de María estaba la otra mujer. Permanecía a su lado, muy cerca. Le acariciaba la frente, en su muerte reconocía la propia. Como ella, también moriría. No sería tan fuerte su corazón, la abandonaría mucho antes, pero el resultado, el final, sería el mismo. Moriría. Moría María y algo en la otra mujer también se apagaba.
Logró con muchos esfuerzos la moribunda incorporarse y su voz fue tal que arrancó a Pedro de la orilla del camino y lo trajo al lado derecho de la cama de María. Juan se acercó también para oír el mensaje. Habló poco María y cada uno entendió algo distinto. Luego sonrío, cerró los ojos y no los abrió de nuevo. Murió.

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