En la primera hora de la mañana me traes un lirio. Te siento acercarte, despacio como siempre. Recorres un nuevo camino de mi hombro derecho a la línea de mi cara, junto a mi oreja. Es tan suave que sigo durmiendo aunque sé que ahí estás, junto a mí, con los ojos cerrados también.
Me despierta el sonido de tus pasos alejándose y pienso en llamarte, decir tu nombre para que regreses y me dejes verte. Pero la flor es tan linda y tu recuerdo es tan lejano, que dejo que te vayas. Levanto el lirio, que descansa en donde tu caricia terminó, y cierro los ojos de nuevo. Cuando los vuelva a abrir no habrá flor, ni tú, ni recuerdo de ninguno de los dos.