Alberto Domínguez sabía que aquel era el momento ideal para salir de la ciudad: ahora que en el hospital, frente a su familia, sus compañeros de la residencia e incluso algunos doctores, habían metido su cuerpo en una bolsa negra para llevarlo al velatorio. «Es ahora», se dijo a sí mismo cuando oyó la puerta de la camioneta cerrarse detrás de su cabeza.
Fue especialmente difícil salir de aquel cuarto tan oscuro, lleno de velas con sus flamas bailando al son de los sollozos. Se puso triste al salir de aquel lugar donde estaban todos los que lo querían, llorando tanto, sin encontrar consuelo, preguntándose por qué. ¿Cómo podría explicar algo que ni él mismo entendía? Las cosas se habían dado así. Un día estaba revisando pacientes y al otro era él quien ocupaba la camilla. Su corazón se había detenido y un doctor lo intentaba reanimar mientras en el cuarto iban apareciendo caras familiares, sus compañeros de la residencia. Contrario a sus expectativas, Alberto lo miraba todo desde un lado de la sala y no desde arriba; estaba ahí todavía.
Estaba de pie junto al cuerpo mecánicamente inducido a respirar, sintiendo cómo iba perdiendo fuerza, separándose de este plano y uniéndose al otro, que desde tan lejos lo llamaba. Mientras el cuerpo se debilitaba, otra parte de él, algo nuevo, se fortalecía. Se iba un Alberto, muy tranquilo, como dormido después de la última guardia, y permanecía otro, muy consciente de todo el proceso. Entre la salida y la llegada estaba él, con sus últimos recuerdos atravesándolo como la luz de un proyector de imágenes. Una mano tomando la suya, una sonrisa a través de una ventana fría, afuera la lluvia, el primer desayuno, alguien cantando Las Mañanitas, el calor de su mano en una cintura tibia, las olas de mar regresando para cubrir sus pies, una pelota rebotando sobre un suelo de cemento, el cuerpo rodeado en un abrazo eterno. Se despedía Alberto y alguien contestaba su adiós con una bienvenida. Este no es un viaje para los pies. Una noche llena de luna y estrellas envolvieron al que salía y al mismo tiempo entraba, la caricia del aire meciéndolo todo. Alberto sonrió: «es tiempo».