«Dame el costal», le repetía. «Ya lo llevas cargando mucho tiempo. Pásamelo, yo voy casi sin nada».
Ella no contestaba. Al principio había dicho que no, que gracias, que sí podía con el peso, que iba bien. Él había insistido de nuevo y ella había repetido que iba bien. «Gracias», había añadido.
Dejó pasar más tiempo él, pensando que se iba a cansar ella. Cómo iba a aguantar menuda mujercita esa carga por tanto tiempo. La vio cambiar el costal de hombro y aprovechó. Sonrió repitiendo lo que ya había dicho: «dame el costal».
Como respuesta solo obtuvo una sonrisa que imitaba la suya. La mujer siguió con su carga al hombro.
Ahora el hombre le insistía a cada rato. «Dame el costal, necia. Pásamelo», le decía. «Tú ya no puedes». Y ella seguía caminando sin decir palabra, sonriendo ante la posibilidad de soltar el costal y su determinación de no hacerlo.
Entonces pasó un viento arrastrando polvo, piedritas y hojas secas. Los dos se detuvieron, cerraron los ojos para protegerlos y antes de que ella se pudiera volver a acomodar la carga, él aprovecho y le quitó el costal de la espalda. Después la miró, sonriendo, muy orgulloso de su galantería. En la cara de su mujercita encontró dos ojos enormes, agrandados por la sorpresa, un segundo de horror y después, cuando se comenzó a levantar del suelo, la alegría más intensa. En cuestión de segundos se había ido volando con el viento que les había hecho cerrar los ojos, ya sin lastre que la mantuviera con los pies en la tierra, junto a él. «¡Adiós, hombrecito!», alcanzó a gritarle.
[Foto: «Mujer afromexicana», Romualdo García, 1910]