Rascar

No llevaba mucho tiempo haciéndolo, y lo hacía sólo cuando estaba de verdad nervioso. Cuando había tanto que hacer que no se podía hacer nada. Las manos le pedían acción pero la mente se negaba, no podía, dejaba de ser. Entonces se ponía Ernesto a rascar. No el cuerpo o cabeza, sabia que aquello era de muy mal gusto, sino las cosas. Las paredes o las mesas, las alfombras de muchos hilos; cualquier objeto que se dejara deshacer, poco a poco. En una tarde particularmente nerviosa podía quitarle todo el barniz a una mesita de café. O si encontraba en el papel tapiz una orilla medio rota, salida o inflada por la humedad, de ahí se colgaban sus dedos largos con toda paciencia, con uñas y carne roja, a rascar hasta que la mente le regresara al cuerpo. Era una manía horrible pero reciente. La había adquirido casi al mismo tiempo que conoció a la señora Constancia. Su obsesión por ella lo tenía así, rascando.

      Rascaba un día, tratando de recuperarse de una crisis muy fuerte ocurrida precisamente en casa de la señora Constancia, cuando se vino a encontrar algo muy interesante escondido en el papel tapiz del cuartito al que ella lo había guiado al verlo tan alterado. Ernesto le había pedido matrimonio y Constancia, sonriendo, le había dicho que tenía que pensarlo. El pobre había rascado la mitad de una pared (hay que decir que era un cuarto pequeño) cuando encontró un pedacito de papel amarillento, escondido, doblado en seis. Interrumpida la crisis por la sorpresa del hallazgo, abrió Ernesto el papel, que era una nota, y decía:

Nadie cree en las brujas

A media frase despertó el cerebro de Ernesto y tuvo que releerla. Sonrió. Es cierto, pensó, considerándose muy inteligente por entender el mensaje que por antiguo, oculto y conciso se le hacía muy sabio. Calmado por completo ya, sonriendo siguieron sus expertas manos rascando para buscar más papelitos. No tardó mucho en encontrar dos más. Uno decía:

Lo que el corazón desea, lo obtiene a costa del alma.

Juntó Ernesto los papelitos desdoblados frente a sí y los leyó uno tras otro, como si fueran parte del mismo texto, aunque era evidente que estaban escritos con letra distinta. “Nadie cree en las brujas. Lo que el corazón desea, lo obtiene a costa del alma.” Se rascó la barba lampiña y desdobló el otro papel.

pero si descubren una la matan.

No era Ernesto un cobarde ni un supersticioso, pero al leer la última palabra del mensaje sintió el dedo húmedo de Plutón recorriéndole la espina dorsal. Juntó los dos mensajes que estaban escritos con la misma letra y leyó, con el temblor despertándole en las muñecas:

Nadie cree en las brujas, pero si descubren una la matan.

Fue de puros nervios que Ernesto siguió rasgando el papel tapiz para buscar más papeles. Callada la mente, las piernas le ordenaban la retirada y el estómago le auguraba agrura, pero el impulso de las manos era ley. Había que seguir rascando, jalando aquí tiras grandes de papel tapiz vuelto cartón por la humedad y la calefacción, allá pedacitos apenas que no cedían y dejaban un rastro blanco en la pared.

Encontró dos papeles más, que no pudo abrir de inmediato porque el frenesí rascador de sus manos amenazaba con hacer pedacitos los trozos ya de por sí frágiles. Siguió rascando la pared para tranquilizarse y encontró tres papeles más. La emoción del descubrimiento y la amenaza que el último mensaje abierto había traído, tuvieron a Ernesto rascando una buena hora antes de que se pudiera sentar a leer los últimos papeles que había encontrado.

Por fin se cansaron las manos, los índices y pulgares palpitando con el esfuerzo destructor. Temblándole todavía el cuerpo, abrió un papel largo, mal doblado. Decía:

Hermana, esposa, madre. Recordada como fue antes de perder la gracia. Entregada a la Justicia el noveno día del cuarto mes del año mil seiscientos doce.

Terminar de leer esto fue lo mismo que abrir el siguiente, no podía Ernesto perder tiempo en releer o el tic regresaría. Leyó:

Purga en estos muros su condena y queda conminada a esta casa para toda la eternidad.

Abrir el tercero fue un rascar cardiaco; leerlo sin romperlo, casi imposible.

El amor es la justicia última.

Tuvo apenas la suficiente calma para registrar que este mensaje estaba escrito en la misma letra que el segundo abierto, el que hablaba de los deseos del corazón y su precio. Abrió el siguiente, con golpes de mano aplanó el papel sobre la alfombra y sin leerlo se apuró a abrir el quinto, el último. Las manos comenzaron a rascar la alfombra mientras el resto de Ernesto leía. Uno, el más pequeño, tenía tan solo el nombre de la dueña de la casa, el objeto de los afectos del nervioso Ernesto: Constancia Josefina González Luna.

 El último decía:

Elijo el camino de la oscuridad para encontrar mi propia luz.

En cuatro patas, rascando los mil hilos de la alfombra como un animal desesperado, se dio vuelta Ernesto para buscar los primeros papeles y leer esa frase que tanto oscurecía al resto.

“Nadie cree en las brujas, pero si encuentran una la matan”, dijo la voz de la señora Constancia, que había estado esperando aburrida en su sala a que Ernesto terminara de encontrar los papeles y ahora estaba ahí en el cuarto, mirando desde arriba a Ernesto, sonriendo tierna y terrible. Con la mano izquierda acarició la cabeza de Ernesto, empapada en sudor, y con la derecha jaló la cadenita que traía la oscuridad.

[La frase Nadie cree en las brujas, pero si encuentran una la matan viene del cuento «Bruja» de Julio Cortázar.]

Un pensamiento en “Rascar

Deja un comentario