Cae La Noche

Sabían que vendría, no había duda de que eventualmente llegaría, pero se estaba tardando tanto. Se arrastraban los minutos esperándola y los cerebros acalorados no querían gastar saliva para expresar en voz alta sus teorías de por qué no llegaba.

Sobre ellos se encendió la luz de una farola, pálida entre el claro azul que resistía. Uno se dio cuenta y lo tomó como mal augurio.

No va a llegar, pensó con un ardor atravesándole el cráneo desde arriba. Abrió la boca para hablar pero de su garganta seca no salió palabra. Miró de nuevo al cielo, con su sol y ninguna nube, para confirmar que la farola estuviera prendida. Era difícil estar seguro, aquella luz naranja apenas existía entre tanto verano. Se levantó de la banca en que estaban todos sentados, todos esperando, y se alejó un poco para tener mejor vista del foco. Con la mano sobre las cejas volvió a mirar. Estaba prendido.

—No va a llegar —logró entonces decir. Los demás lo miraron aún bajo la hipnosis de la espera. No hablaron—. Esta vez no va a venir —siguió, desesperándose con sus propias palabras.

Dos se acomodaron en la banca, haciendo un esfuerzo por entenderle.
—¿Qué dices? —preguntó uno, pasándose la mano por los cabellos salados.
—Miren la farola. Está prendida.

Desde su asiento, tres miraron hacia el foco. Otro, que no se había molestado en mirar, entró en la plática.
—¿Y qué?
—¿Por qué la prenden si sigue siendo de día? Todavía hay luz. ¿Por qué hay luz todavía?

Fue después de ese corto razonamiento que doce hombres se convencieron de que La Noche no llegaría, y comenzaron a llamarla. Primero el primero, el que había descubierto la farola encendida. Empezó él solito y rápido se le unieron los otros. La llamaron, le pidieron que viniera, que llegara, le dijeron cuánto la necesitaban. Estaban acalorados y convencidos, se contagiaban la desesperación. Necesitaban verla, verla ya; más que verla, sentirla, sentirla rodeándolo todo con su oscuridad fresca como fondo de mar.
Insistían los hombres, presas de una especie de trance motorizado por el miedo a que La Noche y su descanso no llegarían y el pesado gobierno de aquel día hirviente no terminaría nunca.
Insistían, convencidos de que progresaban (el día cedía, sin duda) y más de uno jura haber escuchado la voz de La Mismísima Noche respondiendo a sus llamados.

Llegó por fin en aquel largo día histórico La Noche y lo hizo con tal fervor que al caer dejó ciegos a un hombre y a su gato, juntó a once parejas que jamás debieron serlo, y apagó las velas de toda una cuadra, creando una serie de confusiones y pequeños accidentes cuyas consecuencias seguimos sufriendo hoy.

Ubicados lejos del barrio por donde entró la noche e inconscientes de la desgracia que trajo al caer tan de pronto, nuestros doce implorantes disfrutaron de la oscuridad que bajo las farolas les brindaba un aparente y temporal refugio de la furia indómita de la ciudad que alguna vez se llamó Distrito.

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