Qué noche más tierna
jamás le supo la ciudad tan dulce.
Avanzando en el tráfico blanco de las dos de la mañana
después de haber visto la luna llena
nunca tan llena como llena está
en las primeras horas
del sábado de gloria.
La acariciaban
las últimas ondas de un estado alterado
y la recibía con brazos suaves
el amor que comenzaba su corta trayectoria.
Pero qué importaba si iba a ser corto o largo;
el amor comenzaba.
Fue noche de dormir en el suelo,
sobre la alfombra,
rodeada de música
que parecía haber comenzado desde hace tanto
y ahora seguía y por fin la escuchaba.
Los rodeaba,
abrazados,
les daba también
algunas señales.
No todo se acomodaba
y al final no podría ser.
Qué importa,
el amor comienza.
Comienza en la punta
de sus dedos blancos
en la forma de su boca,
los brazos
cruzados detrás de la cabeza.
Qué sensación
verlo así, todo para ella
todo aquí, solo para ella.
Saliendo
atravesando la reja blanca
el día le hizo una última advertencia
y luego la dejó salir.
Qué noche tan día
qué noche
como un día entero.