¿Ya llegó el señor Ramírez? preguntaba mamá. Sudaba, abría los ojos apenas, no lograba levantar la cabeza, apretaba las piernas, soltaba un quejido horrible de perro lastimado, se calmaba y volvía a preguntar. ¿Ya llegó el señor Ramírez?
Al principio nos miramos con curiosidad, pensé que Laura nos iba a poder decir quién era ese señor Ramírez que mi mamá llamaba en sus últimas fiebres. Pero nadie lo conocía.
«¿Cuál señor Ramírez?», le preguntó Mauricio desesperado, la cuarta vez que mamá repitió la pregunta, pero no hubo respuesta. «Déjala», le dijimos, y se salió del cuarto, cansado de ser el hermano menor. Nos quedamos solas con ella y sus estertores. La estábamos viendo morir, sus últimas palabras eran para preguntar por aquel señor.
Dos días después mejoró. Comió sopa, se pudo sentar en la cama y pidió que la sacáramos al balcón. Regresó caminando. Era increíble verla de pie, después de las dos noches que habíamos pasado con ella, seguras de que eran sus últimas. Pasó bien dos días más, al tercero nos acompañó a comer en la cocina y todos regresamos a nuestra rutina. No se iba a morir mamá.
Antes de que cumpliera el mes de recuperación, Laura me llamó. Estaba malita otra vez mamá. Cuando llegué a la casa y entré a su cuarto, se quiso levantar de la cama, abrió los ojos parpadeando e hizo la pregunta que yo ya había olvidado. ¿Ya llegó el señor Ramírez? La miré con mucha tristeza. Ojalá en sus delirios encontrara otras palabras, pensé. Me senté a su lado y le acaricié la mano.
Llegó la noche con sus terrores, vimos a mamá empeorar en cuestión de minutos. Le comenzó una tos que le hacía jalar el aire, los ojos le saltaban de la cara, la piel era una lámina de papel de arroz. Le cruzaba la frente una vena negra y el sudor le corría por la nariz, los labios eran dos cicatrices rosas. Abrió los ojos y su mano se apretó contra la colcha que la cubría, comenzaron esos quejidos de perro. Sudaba mamá y en esa cama tan oscura iba desapareciendo con cada minuto de vida que exhalaba su cuerpecito cansado. Era de pronto una niña en su cama de adulto, los ojos seguían abiertos como dos bocas blancas y con esa voz terrible que sale de muy hondo de las tripas, volvió a preguntar. ¿Ya llegó el señor Ramírez? Ahora sonaba desesperada, sufriendo, algo le dolía mucho, y nosotras nerviosísimas en la oscuridad de una sola lámpara encendida en la mesita de la moribunda. EL SEÑOR RAMÍREZ, insistía con esos ojos blancos y la voz tan negra, Dios Santo, nos pusimos a rezar lo que nos acordábamos de un rosario. Se calmó mamá, ya no habló y cuando amaneció nos quedaba solo su cuerpo.
Lloramos. Llegó Mauricio para encargarse de organizar el velorio y Laura vino a mi casa para bañarse y cambiarse de ropa.
Entrar a la funeraria fue sumergirse en la parte más oscura del sueño, una alucinación, lo que algunos cuentan y nadie cree. Llegamos al velatorio y ahí estaba. Ahí lo teníamos, la respuesta a la pregunta de esas noches de muerte. Ahí, estaba, tan cerca de mamá, visible para todos, real: el señor Antonio Ramírez, o lo que de él quedaba. Lo estaban velando en la capilla junto a la de mamá.
Foto de The Lazarus
Cuento originalmente publicado en Revista Pliego 16 Núm. 23 (octubre 2018).
Excelente relato! Me mantuvo al borde de mi silla de principio a fin. La descripcion del lecho de muerte fue extranhamente precisa. Me transporto inmediatamente a una escena parecida con mi abuela que fallecio hace unos anhos.
Sigue escribiendo mas seguido!
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