Carta y respuesta

En mi primera juventud le declaré mi amor, por carta, a un hombre dieciséis años mayor que yo. Tembló mi mano al darle el recadito escrito en papel rayado, quedó mi corazón tranquilo al declarar mi anhelo sin esperar nada a cambio. Sonreí pensando en lo que se reiría él al leer mi confesión, mostrando a sus amigos la carta (que cuidadosa firmé solo con mi inicial). Me los imaginé riéndose, reí también, fui feliz. No hubo respuesta. Permaneció dulce el recuerdo.

Diez años después, me alcanzó su sombra una noche, temprano, estando yo muy lejos, lo más lejos que he estado de mi país. Lo vi de pronto, lo reconocí de inmediato, y sin ninguna clase de introducción me contó tranquilo lo que había pasado. Empezó por lo peor, al grano, como era su costumbre. ‘Estoy muerto’, me dijo de golpe, serio, pero sin poder esconder el brillo de los ojos que se ahogan disimulando el llanto. Le creí de inmediato y la noticia me sentó como un mareo violento. Me dolió mirarlo, tenerlo frente a mí y saberlo inalcanzable, para siempre convertido en nunca jamás. ‘Fue un accidente’, siguió, mientras sus ojos me recorrían los pies, las piernas, el pecho, dejándome vivos los nervios, electrizados. Nos miramos por fin ojo con ojo, yo chispeando y él a punto de irse. Algo más intentó decir su voz tierna, mis ojos lloraron sus lágrimas.

Alguna cosa habrá surgido a partir de aquella carta, o existía desde antes; tal vez me quería cuando yo lo quería a él. Habrá guardado la carta, habrá pensado alguna vez en mí. Coincidimos tal vez sin querer en el desierto, me alcanzó para avisarme que había muerto. ‘Fue un accidente’, lo oí repetir de lejos, instalado ya en aquel lejos, desde donde le correspondía hablar.
Allá descansa y desde aquí lo saludo, esta y todas las noches.

Foto de Thomas Shellberg en StockSnap

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