Al principio era solo de noche, comenzó con un ruido. Algo rascando en un rincón, rozando la puerta, buscando entrar. Cada noche lo mismo.
Apenas se oscurecía el pasillo, salía de su escondite muerto de ganas de entrar en nuestro cuarto. Rascaba la pared con sus uñas obsesionadas. Comenzaba lento, como indeciso, pero al ver que sus intentos no rendían fruto, se desesperaba y empezaba más rápido, desordenado, fuerte. Se agitaba su respiración, salía repugnante de su nariz y boca y yo lo escuchaba todo, desde mi cama, sin entender. Muerta de miedo.
Me vencía el cansancio escuchando aterrada al intruso, mi sueño era oscuro y me despertaba con los dientes apretados. Amanecíamos adoloridas. Y tú, mamita, abrías la puerta y nos mirabas, derrotada nos pasabas una mano tibia por la frente, no entró, ya se fue, no entró, nos decían tus caricias, tus ojos redondos y cansados. Comenzaba otro día para esperar a que llegara la noche y su intruso.
No hablábamos nunca de eso. Nos vestíamos todavía nerviosas, con la cabeza palpitante y el cuello tenso, sin querer mirar a los rincones del cuarto. Yo caminaba a la escuela tristeando, en mi banca no me podía concentrar, pero ya en el patio lo soltaba todo y jugaba con las amigas. Solo si alguna de mis hermanas aparecía en el horizonte, me volvía a agarrar el recuerdo del intruso. A ellas les pasaba lo mismo; entre todas nos evitábamos. Nunca quise decirte que era por esto, mamita, que muy pocos de la escuela sabían que éramos hermanas. De todas formas no nos parecíamos tanto.
En las tardes las grandes se quedaban al curso de taquigrafía y las chicas nos veíamos afuera de la escuela para irnos juntas a la casa, te esforzaste pero no conseguiste encontrarnos algo para mantenernos fuera más tiempo. Llegábamos a la casa y tenías el radio prendido, fingíamos escucharlo, pero en realidad esperábamos, sordas ante todo menos el rechinido de la puerta que anunciara su llegada. Cuando saliera la comida de la cocina el intruso llegaría, no había de otra. Era cuestión de tiempo. Y tenía todo su orden. Primero el sonido de los platos colocados sobre el mantel bordado, después el cucharón en la olla de peltre y luego el llanto de la más chiquita, que en silencio nomás dejaba que las lágrimas fueran cayendo. Nos llamabas a la mesa y entonces —puñetazo en la boca del estómago, pies helados— llegaba. Tú te apurabas a acomodarlo todo, como si pudieras hacer una diferencia. Te mirábamos temblando.
No sería justo para ti decir cuánto tiempo vivimos así. A veces creo que la distancia del recuerdo es lo que lo hace parecer tan largo, pero sí sé que pasó mucho tiempo entre la primera noche y el último día. El último día, estábamos todas a la mesa, a media comida, cuando lo escuchamos entrar. Nos miraste con la impotencia de siempre, tus ojos cayéndose de tristeza por tenernos viviendo ahí, con el intruso, que inexorable se acercaba ya a la mesa, a la silla de la que lloraba. Y entonces, por alguna razón y así de pronto, no aguantaste más. Será que viste nuestras caras y nuestros ojos, ojos de niñas, llenos de miedo, y muy despacio pero sin dudar, levantaste un libro pesado y pequeño (diría que era la Biblia para darle un efecto más dramático al recuerdo, pero para ese entonces ya no había biblias ni fe en casa) y con todas tus fuerzas le martillaste la cabeza al intruso sobre la mesa del comedor. Le pegó rápido primero, pum pum pum pum silencio PUM PUM PUM. Tres golpes decisivos lo reventaron sobre el mantel. Se alzaron tus ojos desencajados para mirarnos y tu boca hizo una mueca. Estaba muerto el intruso, o por lo menos no se movía. Raquel se fue a la cocina, sin prisa, y trajo jergas para ayudarte a limpiar. Julia nos llevó a las chiquitas a la sala, a estar nomás ahí, paradas junto a los sillones. No podíamos ni sentarnos. Desde ahí vimos cómo intentaron entre las tres levantarlo todo con las jergas, pero era demasiado grande y la sangre había salpicado por todas partes. Al final lo metieron en una caja grande de cartón, envuelto en el mantel arruinado. Me empezaron a hormiguear las piernas y sentí escalofríos al ver que echaban servilletas sucias de comida en la misma caja con el paquete sangriento. Cuando terminaron, nos llevaste a la cama a todas, juntas, aunque no era de noche todavía. Nos acostamos y fingimos dormir, y de pura costumbre yo lloré cuando en el cuarto todas las sombras se hicieron una.
La puerta vibró aún esa noche con la presencia del intruso que ya no estaba; llevaba tanto tiempo estando que hasta las cosas en nuestro cuarto, los muebles y la ropa, las cabeceras y los colchones, le tenían miedo. Temblaron todos con nosotras aquella noche e infinitas noches más, todas las noches del tiempo que siguió, porque, mamá, perdóname, mamita, pero aunque te esforzaste, nunca pudiste matar al intruso adentro nuestro.