No pude contener las lágrimas la primera vez que lo escuché. Estaba sacando la ropa de la lavadora cuando me llegó su vocecita desde el silencio de la sala, donde lo había dejado jugando con sus sartenes y ollitas. Salía la voz de dos añitos y un mes de su boquita entreabierta, pronunciando intentos de palabras, mezclando idiomas y melodías. Me acerqué despacio para no interrumpirlo, flotando en uno de los momentos más dulces que la maternidad me había traído. Lo dejé terminar. Levantó la cara y me encontró con quién sabe qué expresión en los ojos -¿cómo se mira un milagro?- y me extendió la olla con sopa imaginaria, soplando para indicarme que estaba caliente. El encanto me duró semanas. Busqué de nuevo dejarlo solo para ver si la inspiración le volvía, pero no hubo resultado. Le canté más seguido, busqué nuevas canciones y hasta quise inventarle una, pero pasaron meses antes de volver a escucharlo cantar. Para entonces había avanzado mucho su vocabulario y pronunciación, y la canción fue todavía más preciosa: las palabras que repetimos en el trajín diario ahora sonaban a algo de Walt Whitman. Cuchara, pelota, pan, balbuceos de su nombre, y para coronarlo todo: ‘mamá’. Mamá, mamá, mamá. Sonrojada no pude contenerme y quise abrazarlo, mi interrupción lo hizo enojar. Se zafó de mi abrazo y se metió abajo de la mesa grande para jugar con sus carritos.
Después no tuve que esperar más que unos días para escuchar otra canción, que repetía la fórmula de la anterior. Pan, pan, mamá, am, am, am, mamá, mamá, mamá. Comencé a escribir las palabras en mi diario, aferrada a conservar lo más efímero que hay en esta existencia: la sensación y el sentimiento.
Cada semana había canción nueva, con palabras distintas pero casi siempre la misma melodía, una que él había inventado. Mi hijo era músico y poeta, nada menos. (Juan José me prohibió hacer comentarios así en público.)
Siguieron los días de maternidad brillante, interrumpidos de pronto por noches de primeras pesadillas; el cerebro de mi prodigio se desarrollaba a saltos y las noches difíciles eran parte normal del proceso, me tranquilizaba la pediatra. Pero sus gritos de madrugada me sacaban nerviosísima de la cama caliente a la noche helada, rasgada con quejidos roncos, espasmos, cerrada como los ojos de mi niño. Estaba dormido, dormido gritaba y aunque lo levantáramos de la cunita y le habláramos, no lográbamos separarlo de la pesadilla. Se calmaba solo, y de repente. Pasaba del pánico a la calma absoluta sin que tuviéramos injerencia alguna. Eran episodios que teníamos que dejar pasar, nos decían.
Las canciones siguieron llegando, sobre todo en las tardes, y mi cuadernito se fue llenando con listas de palabras y luego verdaderas canciones. Estoy muy orgullosa de ti porque porque porque porque hiciste pipí en el escusado.
Entonces entonces entonces qué pasó qué más iba a decir qué más más más vas a decir.
El azúcar no es sana no no no pero es muy rica.
Y un día llegó la noche.
Nunca me atreveré a poner las palabras sobre la hoja, no soy capaz ni de repetirlas en mi cabeza.
Estaba lavando los trastes, él jugaba en el patiecito, llenando vasitos con agua de una cubeta. ¿De dónde pudo salir algo tan nefasto, tan oscuro en plena tarde de sol? Era la primera semana de abril y lo dejé salir sin suéter, por fin se había decidido a llegar la primavera. Cantaba el pajarito en el árbol de los vecinos, había pasado la camioneta de los helados con sus campanitas, y en pleno cuadro que pintaba para mis reservas de orgullo de ama de casa, comenzó una canción.
Cantó mi niño y se me heló la sangre, lloré de puro miedo. Ya la primera palabra me dejó sin aire, me hormiguearon las manos, corrí a la puerta del patio, diciendo su nombre, el nombre de mi niño, llamándolo para que regresara, como reclamándolo, suplicando que me lo devolvieran. Lo miré y levantó la cara sonriendo, esperando el abrazo de siempre. Pero no me atreví a dar un solo paso. Esperó unos momentos y después siguió jugando, pero mirándome, desde la otra orilla. A mí el miedo me dejó ahí.
Quise hablar con Juan José, pero nunca pude repetir lo que salió de la boca de nuestro hijo. Al intentarlo me ponía a llorar, me temblaba la boca, y mi esposo se desespera fácil. Me dijo que seguramente estaba exagerando, que todo aquello sonaba más bien como las historias macabras que se me ocurrían de pronto. Y si no, pues estaba loco nuestro hijo y lo teníamos que llevar con un psiquiatra. Solo esto logró tranquilizarme y, aún llorando, le di la razón. Era verdad que todo sonaba efectivamente a una de las muchas pesadillas que de noche y de día plagaban mi cerebro. No había que llevar a nuestro hijo con nadie, no había que molestarlo para nada. Al fin y al cabo, ¿quién puede estar del todo seguro de lo que un niño dice? Las nieblas de la maternidad se asientan y disipan a voluntad.