Te sigo, tan desesperada estoy. Apenas doblas la esquina salgo corriendo atrás de ti, aferradas las uñas a la carne de mis palmas, sudando, igualito que el día de nuestro primer beso. El recuerdo me aprieta la panza y quiero llorar, comienzo a llorar, pero lo inesperado detiene a las lágrimas en su caída: en vez de meterte a tu coche, cruzas la calle para entrar en el parque. Te maldigo con todo el amor de veinticuatro años de idilio y aunque quiero acelerar para alcanzarte, sé que toca ser paciente; te tengo que cachar en el acto.
Camino entonces despacio pero sin perderte de vista, me tiemblan las piernas conjurando los rostros de las mujeres en tu vida, pero no hay ninguna de la que tenga la mínima sospecha y te insulto de nuevo, debe de ser alguien que no conozco. ¿Alguien más joven, la típica güera de la oficina…? Ninguno de los clichés encaja porque la improbable verdad de mi vida, que se me está desmoronando en las manos, es que tú y yo somos felices juntos. De verdad felices. Se me sale un sollozo que ahogo con la mano izquierda, me dice mi dolor que lo peor serán las miradas de todos los que nos rodean y que tantas veces envidiaron nuestra felicidad. Cuánta gente necesita que fracase lo ajeno para superar las frustraciones propias. Nuestra historia es de las que ni se cuentan, porque nadie las cree. El amor de loca juventud prolongado a la adultez de las primeras arrugas, la lluvia de madrugada y tu mano buscando siempre la mía. Siempre, hasta que Fortuna se entera de nuestra felicidad y envía al Tiempo y todas sus circunstancias a nuestra casa, y una noche me quedo dormida sin darme cuenta de que una parte tuya, nuestra, ya no está allí. Voy llorando detrás tuyo y no tengo fuerza para seguir caminando. ¿Hay algo peor que un paraíso perdido? Y qué se hace para recuperarlo. Nada sirve. Volteas de pronto hacia atrás y me congelo, segura de que me descubriste, pero en tu cara no hay sorpresa ni angustia. Es casi imposible que no me hayas visto, ¿es tanta la nueva distancia entre nosotros? Sigo dramatizando y tú te sientas en una banca frente a un camino de árboles. Comenzamos a esperar juntos. Pasan minutos de terror, y nada. De pronto una mujer. Una mujer cualquiera, ni joven ni vieja, ni elegante, ni sexy, ni güera ni pelirroja; una mujer que me hiere casi de muerte y después sigue de largo, sin mirarte siquiera. No es Ella. Tú miras los árboles, alzas la cabeza de vez en cuando, buscando algo en las ramas que el viento acaricia, como sucede al final del verano, aunque ya es pleno otoño.
Pasan varios hombres en bicicleta, una mujer con su hijo, aguanto la respiración, pero también es en vano. Nadie se te acerca y tú no quitas la mirada de los árboles. Viene otra mujer, más hombres, un grupo de niños con sus maestras, nada. El viento gana fuerza y sacude las ramas de tus árboles, te levantas para acercarte corriendo al tronco de uno, recoges varias veces algo del suelo y miras de nuevo hacia arriba, con una sonrisa que me satura el pecho y no puedo más que acercarme sonriendo también, con las manos ya sueltas, hormigueando de ganas de tocar las tuyas. Ya muy cerca te llamo y mi voz te hace saltar, me miras asustado.
¿Qué haces? te pregunto de pronto asustada yo también, y de tus ojos vacíos baja una respuesta horrible a tu boca: ¡Recogiendo manzanas! Abres las manos para enseñarme dos piedras y una lata de refresco aplastada. Intento tocarte pero es imposible: no estás ahí. Lo entiendo de pronto y lloro en silencio absoluto, jalando aire con la boca abierta y sin poder soltar ya lágrimas. Me miras desde una angustia que nos ahoga a los dos. ¿Qué haces? Te miras las manos con piedras y basura. Manzanas, intentas repetir, pero muy adentro ya te lo anuncian, muy adentro algo tuyo ya no está.
Repito este día cada día y nuestro diálogo cambia pero el resultado es el mismo. No regresas más que en mis sueños, que no ceden en su tortura. Cierro los ojos y un hombre hermoso me besa entre la multitud de una plaza soleada, me acaricia la punta de la nariz en un rincón de biblioteca, riega mis plantas y me hace creer que son mis cuidados lo que las mantiene vivas. Sueño de ti y despierto junto a ti, llorando. Miras mis lágrimas con hartazgo, te quedas a mi lado pero no estás ahí. Le ruego a Dios cada noche para que me mande descanso sin sueños, me duermo repitiendo avemarías para vaciar la mente de ilusiones, pero cuando estoy a punto de entrar por esa doble puerta divina, el cerebro se rinde y gobierna tu alma en la mía: te conjuro con todas mis fuerzas para que aparezca la esencia del hombre que no está aquí.
Órale mi niña qué fuerte ! Me emocionó mucho aunque no está muerto, como si lo estuviera porque él ya no está allí 🥲
Felicidades por escribir tan bonito ❤️ Sent from my iPhone
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