Tu mano blanca sobre la mía. Sin apretarme, apenas tocándome. Entonces no querías morirte, o por lo menos no nos lo decías, pero te rondaba ya la idea en la cabeza. ¿A qué edad se comienza a considerar la muerte como una posibilidad del día a día? Ya estabas viejita, ya no podías leer, pero te veías bien. Contabas chistes y comías palomitas enchiladas. Me regañabas con la mirada y en tus silencios me pesaba una censura densa cuando querías cambiar el tema de conversación; las cosas ocultas, los recuerdos prohibidos.
Un día, comiendo la sopa, nos dijiste que cuando te murieras, ibas a reencarnar en mariposa blanca. Nos gustó la idea y seguimos sorbiendo contentos, convencidos de que la muerte no era algo que te entristecía o preocupaba. Ahora pienso que tal vez tú esperabas algo muy distinto, querías tal vez que nos angustiáramos: ‘No, Lita, por qué piensas en eso. Si tú nunca te vas a morir. No te puedes morir.’ Pero no dijimos nada de eso.
Luego pasaron muchos años y te comenzaron a pesar. No volviste a mencionar la promesa y una noche te fuiste, como de noche llegaste, y si alguien se acordó de lo de la mariposa, no hubo valor para decirlo en voz alta, ni en el velorio ni en la cremación, el trámite más tremendo de mi vida.
La primera mariposa apareció meses después de tu muerte, íbamos caminando en el campo. ‘Ahí está Lita, dijo mi mamá, que siempre ha sido muy creyente de esas cosas, como dice la gente. Y aunque tal vez tuvimos cada quién nuestra opinión, nos detuvimos todos y te admiramos, en silencio. Pero unos pasos más adelante nos encontramos con otra mariposa blanca, y otra, y otra más. Prometiste regresar como el insecto más común de la primavera, qué lista, Lita. La decepción después del milagro me hizo llorar lo que no pude en los crematorios del ISSTE. Pero hubo más.
Me había tropezado en los últimos escalones de un puente peatonal e iba cojeando de regreso a la casa, cuando sentí un roce en la palma de la mano que llevaba raspada: una mariposa blanca. Me revoloteó en la cara y pasó después por mi otra mano. Me enojé recordando la alta probabilidad de mariposas blancas en primavera, pero aunque busqué no encontré jardín ni arbusto alrededor que explicara la aparición. Y siguió revoloteándome la mariposa por la cara. ¿Eras tú? No me atreví ni a pensar tu nombre y caminé decidida a no creer, aunque veía. Caminé decidida pero despacito, y durante una cuadra completa me siguió la mariposa. No le conté a nadie. Después hubo varias otras mariposas blancas pero las ignoré a todas, incluso llegué a espantarlas con la mano. Ninguna insistió.
Luego estando en un departamento de quinto piso, a punto de tomar una muy mala decisión, aparecieron tus dedos en la ventana, flotando apenas – la mariposa blanca. ¿Qué insecto vuela a esas alturas? Un escalofrío me bajó del sillón, me empujó a la puertucha y directo al elevador. Ahora no me cabía ninguna duda, Lita. Eras tú. Y te agradecí todo el camino de regreso a la casa y cuando llegué le conté todo a Adrián, que es el opuesto a mi mamá, y me sonrió y pensé que se iba a atacar de la risa, pero en vez de eso me dijo que él también había visto varias veces a la mariposa blanca, que eras tú. Que estaba seguro. Al otro día lo hablamos entre todos y resultó lo que ya sabes: todos te habíamos visto, todos sabíamos que eras tú. Sentados a la mesa del comedor, nadie se atrevió a levantar la mirada hacia las ventanas, por miedo a encontrarte ahí, mirando desde fuera. Qué monstruo más raro es la promesa cumplida.
Ahora están tus manos blancas en cualquier jardín, en todo rincón. La mariposa sutil, silenciosa, pesada, eterna. ¿No te irás nunca?
Ahora tengo hijos y cuando ven pasar una mariposa blanca, incluso si es una medio amarillenta o verdosa, dicen tu nombre como si fuera esa la palabra que denomina al insecto. Lita, lita, repiten. Y yo sonrío y me alegro, y a veces también me pregunto si preferirías que cambiáramos de tema.
[Foto de Pexels.]
Qué bonito ! Me encantó la narrativa
No lo había leído
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