Desconocidas

El día antes de aquella primera noche, estaba metiendo mi bicicleta a la casa cuando se asomó por la puerta un viejito. Me dio los buenos días y sin esperar a que le contestara el saludo, me preguntó si la cisterna seguía en el sótano. Me tomó unos segundos entender lo que estaba preguntando y aun cuando llegué a la respuesta, me le quedé mirando sin contestarle; aquí la gente no suele hablar con desconocidas. Me repitió el saludo y dijo que él había vivido en nuestra casa ‘desde el principio’. Lo dijo con esas palabras misteriosas y se quedó sonriendo, sin hablar, vestido todo de blanco. Era verano. Le contesté después de un rato que sí, que la cisterna seguía en el sótano. Y quería añadir que nosotras estábamos a punto de cumplir un año viviendo en la casa, pero antes de abrir yo la boca, el viejito me agradeció, juntó las manos y las movió como sacudiéndose algún polvo invisible, y se fue.

Siguió el día, vino la noche y comenzó todo esto. No creo que lo del viejito tenga nada que ver, pero es lo último que recuerdo de la vida de antes: al otro día despertamos cambiadas. Despertamos y éramos otras, siempre es así. Por eso creo que ocurre de noche. Pero muy bien podría suceder en el instante en que abrimos los ojos para despertar, o en cuanto nuestras miradas se tocan.

Antier ocurrió por octava vez y todavía no nos acostumbramos, aunque siempre es igual. Abrimos los ojos y lo primero que vemos es la cara cambiada, otra vez, de la otra. Luego es levantar las manos para tocar el rostro propio, correr al espejo (yo al de cuarto y ella al del baño), llorar, quejarse, gritar, por qué, hasta cuándo. Después, confirmar el cambio con la otra, asegurarse de que lo que vemos es real, tomar fotos con el celular, observarlas a detalle, mirar la nueva nariz, el color distinto de los labios, buscar el lunar desaparecido, ¡hasta los dientes nos cambian!… llorar un poco más. Dónde quedamos, a dónde nos habremos ido.

La primera vez pensamos que era una alucinación, algo que habíamos comido. Salimos a la calle, miramos a los vecinos y ellos a nosotras, pero ninguno reaccionó. Un año en ese barrio y nadie notaba que ya no éramos nosotras, nunca se habían fijado mucho y ahora mucho menos. Éramos otras, pero igual desconocidas. Regresamos a la casa desesperadas, gritando. ¿Todavía me ves así? ¿Todavía estoy así?

Ahora en los días buenos salimos casi como si nada, vamos a la tienda, a la farmacia, a veces caminamos hasta el parque. A nadie de aquí le extraña nada, porque nadie de aquí nos ve.

Y los de allá no saben, porque nos daría mucha tristeza que vieran cómo hemos cambiado, desde que nos vinimos aquí.

Foto de Thiago Matos en Pexels.

Un pensamiento en “Desconocidas

  1. Muy interesante este cuento mi niña. Me deja mucho qué pensar pues estoy convencida de que estamos en constante cambio pero cómo nos sentimos con eso ? Gracias !

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