Hijo de Mictlantecuhtli

Lo tenía apenas en mis brazos, todavía caliente y húmedo, oliendo a mis entrañas y a mi sangre, y vienen ya a recordármelo.

                                                                   Es hijo de Mictlantecuhtli, no te encariñes mucho.

Y es que regresan todos a Él, es así. Se le escapan traviesos, riendo, pero nomás por un rato. Se le van por algunos días, tal vez años, décadas. Pueden pasar incluso lustros lejos de Él y divertirse como los niños que se esconden de su padre. Descubren y conocen, aprenden y disfrutan. Pero sufren. Y el padre los llama, no los pierde de vista, a cada instante los sigue con la mirada infinita que tiene solo Él. Está ahí con ellos, eterno, latiéndoles por dentro, reclamándolos sin descanso: vuelve ya. Y entonces regresan ellos, todos, sin falla. No hay uno que no lo haga.

Regresan con su padre, el único eterno, el dueño verdadero. Encuentra cada uno la manera: rapidito, arrastrándose, negándose o fluyendo. Cada uno elige su camino de regreso y si sufre es nomás por los segundos que tiene que vivir separado de Él.

Para Él se vive, hacia Él se camina, siguiendo su mano larga. Su presencia es la única constante, la única seguridad. Todo lo demás se pierde, todo lo demás se abandona; Él permanece. Y al regresar, los que se quedan lloran y se lamentan, aun más cuando se trata de un niño, sin pensar en todo el sufrimiento que la criatura padece, viviendo lejos de su Padre, el verdadero, el único que conoce la cuenta exacta de sus latidos. Parece que nos quitan algo muy nuestro cuando el único dueño es Él, Señor del Mictlán, invencible, eterno, la única verdad y el único sentido. El único Siempre.

Yo
te deseé
con gran amor
te planeé y
concebí
con mi más grande amor

Te parí
te mecí
y alimenté
entre mis brazos
durante noches
sin tiempo.

Me consumiste
mejoraste
extasiaste
desesperaste
y te noté crecer.

Tu primer paso
comenzó la despedida
pero nada
nada
nada
¡nada!
Nada supo anunciar
la amargura de nuestra

separación.

Te enterré.

Te entregué a la tierra
con dolor feroz
para que
con blando amor
te reciba
otra
yo

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