La catedral flotante

Las monjas que entran a la catedral los miércoles a las cuatro y media de la mañana llevan canastas tejidas, como fruteros, cubiertas con telas gruesas de color negro. Entran apuradas por la puerta principal cuando el aire alrededor de la enorme piedra se va poniendo azul y los gestos se comienzan a reconocer en las caras. Entran en línea y se apuran una a la otra con el sonido de las suelas duras de sus zapatitos blancos. Entra la última y cierra la puerta, se oye el pestillo entrar en el hueco de la otra puerta enorme.
Con la luz de una lámpara sorda se guían en la oscuridad hasta encontrar la cara de Jacinto, el marinero mudo. Prende este otra lámpara, una más grande, agarra la canasta de quien sea esta vez la primera en la fila y caminan entonces hasta el fondo del ala Este, donde comienza la escalera que marca el letrero en manuscrita de “Hacia las catacumbas”. Bajan la primera escalera, setenta y dos escalones, y dejan las canastas sobre el suelo. Se quejan las que no llegaron al descanso y no pueden soltar la carga. Dice alguna uno o dos Padres Nuestros en su mente, para contar el tiempo de descanso, y luego siguen bajando. Cincuenta y ocho escalones más y después la rampa de piedra que le da una vuelta completa a la torre y termina en suelo de tierra donde antes estaban enterrados los obispos del país. Se sientan un buen rato sobre la tierra húmeda las monjas y Jacinto, antes de comenzar la parte más pesada del trayecto. A veces hay una que no quiere empezar el camino y cuando esto sucede las demás reaccionan siempre igual: se levantan resignadas, se sacuden la tierra del hábito blanco, levantan la canasta y comienzan a caminar siguiendo la luz de Jacinto. La rebelde entiende entonces que si no se levanta, además del castigo que le espera en el convento, se va a quedar sola en esa oscuridad, con los trozos de tumba y muerto que todavía no se ha llevado el agua. El agua, es hacia allá a donde camina Jacinto con las monjas detrás. Van hacia el lago que esconde la catedral en sus intestinos, el lago que la amenaza con llevársela entera en vez de a cachitos, como ha hecho hasta ahora.
Aunque Jacinto está acostumbrado a trabajar en el agua y el lodo, el camino hacia el lago es molesto incluso para él. Camina despacio con las piernas sumergidas en ese líquido que a algunas monjas les llega hasta la cintura y que arrastra siempre pedazos de algo. Algo que un día tocaron y jamás quisieron volver a averiguar qué era. Además, la oscuridad no permite que la ruta sea siempre la misma y a veces se encuentran en el camino pedazos grandes de piedra, raíces viejas de la catedral que las hacen tropezar y entrar por completo al agua. Jacinto no siempre avisa a tiempo, él mismo ha chocado solo una vez, casi al final del camino, donde el agua termina y está la otra orilla: una banqueta pegada a un muro de piedra construido hace ochenta y dos años, cuando restauraron la catedral por última vez. Llegando a esta banqueta se alegran las monjas mojadas y prenden todas las velas que descansan en los nichos que antes llevaban imágenes del Santo Suspiro, muy popular en la ciudad en el tiempo de la restauración. Jacinto enciende una fogata y se sientan las monjas alrededor con las piernas estiradas hacia el fuego para secarse, cuidadosas de no repetir el error de diciembre de hace ocho años, cuando dejaron dos canastas cerca de la fogata y se prendieron en cuestión de segundos. Tuvieron que aventarlas al agua para apagarlas y cuando las sacaron todo estaba roto y quemado, tres kilos y medio de pelo desperdiciado. Ahora colocan las canastas muy lejos de cualquier flama mientras descansan los últimos diez minutos, calculados por Jacinto, antes de comenzar a trabajar. Las que saben aprovechan la tela negra que cubre su canasta para secarse bien los pies y dejan los zapatos cerca de la fogata. Otras se sientan sobre la tela, sacan las agujas gordas y empiezan a trenzar el pelo que cargan sus canastas. Es eso lo que llevan en las canastas, pelo de monjas de todo el país, pelo que por la buena o a la fuerza donan novicias y madres superioras para la catedral de la capital, porque saben –como todos– que se está hundiendo. Pero solo ellas saben cómo, desde hace catorce años, el problema se ha remediado. Es gracias a su sacrificio, al trabajo de las que trenzan en las catacumbas, a los nudos de Jacinto y al milagro del muro del Santo Suspiro, igual de resistente que el pelo de monja, que el hundimiento se ha detenido. El pelo de monja no es cualquier pelo. No se expone al aire ni al sol, no se revuelve en la almohada con fantasías nocturnas ni se alborota con los destellos de adolescencia secular. El pelo de monja se lava con jabón de manteca para hacerlo grueso y flexible a la vez y es más resistente que cualquier cuerda porque responde con elasticidad ante los jalones que la piedra sufre. Además tiene, en comparación con las cadenas de metal que originalmente acompañaron las restauraciones del ingeniero César Arturo y que terminaron deshechas en óxido, la ventaja de ser invulnerable al agua del lago.
Trenzan las monjas en silencio, alguna con los ojos cerrados, y la fricción del pelo que tejen ya no les quema los dedos entrenados. Trenza cada una sus últimos centímetros para llegar al metro y luego unen rápido los pedazos, con la respectiva envidia hacia las que siempre alcanzan a tejer unos centímetros de más. Cuando la trenza está lista llaman a Jacinto para que se levante de su puesto junto a la fogata. Amarra el marinero un extremo de la trenza a algún anillo en el muro, las monjas se acomodan junto al fuego, con el agua y Jacinto a sus espaldas, y se desnuda este para entrar en el agua. Ya desde la orilla sumerge el cuerpo entero, sabe muy bien lo que hace, y se arrastra con el otro extremo de la trenza enredado en el estómago hasta que sus rodillas dejan de sentir el suelo. Entonces sumerge también la cabeza y se impulsa con las piernas hacia el fondo del lago para encontrar la gran red de pelo de monja que sostiene los últimos pilotes de la catedral y mantiene, si no muy recta, en pie a la nave central.
Esperan las monjas oyendo al fuego tronar hasta que se dibuja la sombra de Jacinto en el muro del Santo Suspiro. Se viste la sombra y se asoma el cuerpo luego, con la cabeza llena de moronas de cemento y tierra, la ropa mojada. Se levantan entonces para regresar.

Se oficia la misa de ocho los miércoles en la catedral y las monjas están de vuelta siempre a tiempo para llenar los últimos asientos de la fila de hasta atrás, donde hay espacio para sus canastas vacías. Tienen permiso de salir después de recibir la comunión para que nadie se fije en la tierra que les mancha el hábito y que arrastran en los zapatitos. No hay una razón especial para ocultar su fructífera labor de restauración, pero así, actuando en secreto, se sienten más cómodas. Por eso Jacinto es mudo. Por eso el letrero de “Hacia las catacumbas” sigue colgando de la pared y por eso le pagan cada semana a personas –de mucha confianza– para que suban por la escalera del ala Este hablando de la paz de las catacumbas, de las cien columnas de piedra blanca, cada una labrada en un estilo distinto, que adornan el lugar. Por eso se anuncia en la taquilla de la entrada la venta de boletos para conocer las catacumbas pero cada vez que alguien quiere comprar uno le dicen que justo ese día están trapeando y no se puede bajar.
Cada uno hace su parte y apoya en silencio a las monjas de los miércoles en la madrugada, que fijan el rumbo de la capital manteniendo su catedral a flote.

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