Serenata

Nos oyó cantando, rompiéndole la noche de un jueves muy difícil, cuando llegaba la una a la madrugada. El marido, durmiendo en el cuarto de la niña que tenían juntos y que estaba muy chica para explicarle un divorcio, tuvo como única reacción cerrar su puerta para no escuchar los guitarrones y las trompetas que nos seguían.
Ella se tardó una buena media hora en asomarse por la ventana, que antes era balcón. Primero lloró quedito en su cama, de mucho cansancio, de pena de tener que despertar del sueño que había disfrutado esa noche, por primera vez en años, durante tres horas sin interrupción. Le cayeron las lágrimas en los brazos cruzados sobre el pecho, se dejó terminar el llanto y entonces bajó los pies de la cama, los apoyó en el suelo y se sentó para quedar frente a la ventana. Corrió la cortina con una mano, asomándose para nosotros su cara morena, la blusa sin mangas de su pijama azul. Estábamos a la mitad de Cielo Rojo y le pedí a los muchachos que cantaran más fuerte, que nos acercáramos más a la ventana. Me emocioné tanto que me dieron ganas de chiflar, de gritarle alguna cosa que Jorge Negrete diría, algo que hablara de mi sufrir. Pero solo canté más fuerte, grité las palabras y aventé mi vaso, que estaba casi lleno y todavía con hielos, contra las macetas de la casa del vecino. Buscaba sus ojos en la carita enmarcada por la cortina blanca, quería que sonriera, que se levantara y corriera completa la cortina, que abriera la ventana.
Dejó que terminara la canción y con la última trompeta se levantó de la cama, abrió la ventana sin correr la cortina y sacó la mano derecha con la palma abierta hacia nosotros, para pedir que nos detuviéramos. Pero seguimos. Ya estaba empezando la quinta canción del repertorio, ya habían sonado los violines y ahora rasgaban nomás las guitarras, cuando la vimos salir descalza de su casa. Llevaba la mano otra vez en alto, diciéndonos que ya no cantáramos. Uno de los muchachos detuvo la música, yo no me podía mover, no me quería mover, la estaba esperando. Quería tenerla cerca de mí antes de comenzar a hablar. Se detuvo ella así, en su pijama azul, brillando contra la noche, la piel como bañada en aceite, los hombros sin la molestia de su pelo negro que no rebasaba la línea de su quijada. Comenzó a hablar.

–Váyanse, por favor –me atravesó con los ojos.
–Cora, estoy enamorado –alcancé a contestar.

Se acercó a los músicos y les pidió sin perder la calma y tocándolos del brazo, que por favor se fueran. Entonces volví a decírselo, pensando que no me había escuchado la primera vez.

–Cora, estoy enamorado de ti. No puedo más.

Los músicos ya estaban bajando los instrumentos y mis amigos levantando las bolsas que habíamos traído con hielo y refrescos. La botella de ron seguía contra la pared de la casa de Cora.

–Cora –la llamé.
–No estás enamorado –me cortó por en medio su voz exhausta–. Bailamos una vez. Una.

El mariachi comenzó a caminar de regreso, tres de ellos conocían a Cora, aunque al principio no sabían que allí vivía, y ninguno quería seguir ahí después de que había pedido que nos fuéramos.
«Vámonos, patrón» sentí en mi hombro la mano del más alto de los músicos. Miré hacia atrás para encontrar las espaldas de mis amigos, que ya iban caminando de regreso. Busqué a Cora una última vez para suplicarle y me regaló una sola mirada, esa mujer que me envenenó una noche en un baile. Luego se metió a su casa.
Caminamos de regreso a la plaza donde había contratado al mariachi y me regresaron doscientos pesos por no haber tocado la hora completa. Me acosté esa noche pensando que no se podía odiar más a una mujer como yo odiaba a Cora.

4 pensamientos en “Serenata

  1. Ay Jalisco, no te rajes!! Qué desgracia. Por qué no puede enamorarse ella de él? Transmites todo el sentimiento y me encantó. Qué orgullo ser tu hermana.

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    • Sandy, me hiciste sentir la emoción de una serenata! Lástima que no haya sido padre para Cora. Quien sabe que le hizo el muchacho. Sus razones tendrá. Me gustó. Seguiré leyendo tus relatos.

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