Lluvia de una

Salía de tomar un café con amigas, habíamos terminado tarde pero estaba de paso en la ciudad y no me importaba desvelarme si así lograba ver a todos los amigos. Era la una de la mañana cuando, saliendo del estacionamiento, vi por el espejo retrovisor el bultito tejido que era la bufanda verde en el asiento trasero. La estaba alumbrando la luz de una farola. Pensé en que se la tenía que regresar. Pero no quiero, mentí. Esa noche hablando con mis amigas había logrado sacar el tema como por casualidad; les había contado que tenía su bufanda desde la noche en que me convenció de salir con él y que no quería ir a regresársela. Dije que no quería verlo otra vez, que iba a tirar la bufanda por la ventana y me reí, escondiendo hasta de mí misma las ganas de volverlo a ver. Incluso sola en el coche, mirando su bufanda, me seguí diciendo mentiras. Voy a aprovechar que estoy cerca, pensé, aunque en realidad iba a tener que desviarme para pasar por su colonia.

Entraba al Eje 4 cuando comenzó sin preludio, como pasa siempre en la ciudad, un aguacero que puso blancos los vidrios de todo el coche y borró poco a poco las formas de los edificios y letreros tan necesarios para mi orientación al volante. Me acomodé los lentes para ver mejor y avancé lo suficiente para pensar que ya estaba cerca del edificio donde él vivía, solo tenía que acordarme de doblar a la derecha en la calle del banco para estacionarme. Pero la lluvia no me dejaba salir del carril de en medio, el radio iba sonando con sus canciones poniéndome nerviosa mientras yo empujaba con la mano derecha la palanca de los limpiadores para que fueran más rápido que su velocidad máxima y aún así el parabrisas seguía siendo una cascada que me escondía a la ciudad negra. Podía oír otros coches pasando pero no los veía, se había ido la luz y el eje era una carretera de oscuridad. Cuando parecía que los limpiadores me estaban ayudando, pasaba un coche para aventarme más agua al parabrisas y tras la nueva cascada apenas distinguía los faros de todos los que me rebasaban, librándose del diluvio y dejándome atrás, sola. Apagué el radio en el colmo de mi desesperación, la lluvia tocaba su redoble de tambor contra el toldo del coche.

Bajé la ventana del copiloto y me asomé a la lluvia: no vi nada más que agua y oscuridad. Puse la direccional y poco a poco me orillé contra lo que supuse era la banqueta. Subí la ventana. El asiento del copiloto estaba empapado con el agua de los dos minutos que me tomó llegar al carril de la derecha. Prendí las intermitentes y busqué automáticamente algo que no estaba en mi chamarra. En mi libertad de visitante en mi propia ciudad, no llevaba celular. No puede seeer, me quejé en voz alta y apreté el volante. Encendí las altas y volteé hacia atrás. Me quedé así un buen rato, mirando el agua. En el parabrisas, en la ventana izquierda, en el vidrio de atrás, cortinas de agua. Me recogí el cabello, abrí mi ventana y saqué la cabeza completa. El agua me ardió en los ojos y casi me tira los lentes. Buscaba las luces de algún coche, la farmacia 24 horas no podía haber desaparecido entera, su luz tan blanca tenía que vencer la lluvia. Pero no había nada. Agua blanca y ciudad negra. No puede ser.

Metí la cabeza al coche y cerré la ventana. Me corrían chorritos fríos por el cuello hacía la espalda y me acordé de la bufanda. La jalé del asiento de atrás odiándola, odiándolo a él, a mis propias mentiras. Maldita bufanda, por eso estoy aquí. Maldito él. Me la amarré en la cabeza como turbante y puse los seguros de las puertas. Los puse y los quité, los puse y los quité y los puse otra vez para estar segura de que estuvieran puestos. Con las dos manos me agarré del volante pensando sobre todo en que nadie me iban a creer que esto me había pasado. Metí mi billete de cien pesos en la blusa, me cerré la chamarra, me saqué el anillo y no supe dónde guardarlo así que me lo puse otra vez. Me quité la bufanda de la cabeza y la aventé al asiento del copiloto, sentí las llaves de la casa en el bolsillo y pensé en inhalar profundo como cuando entra uno a la alberca, pero en vez de eso me quejé otra vez y abrí la puerta. Empapada de inmediato bajo la lluvia, cerré el coche y vi la luz de los faros parpadear dos veces mientras corría sobre la banqueta invisible bajo el agua. Avancé bajo la lluvia fría y presioné el botón del llavero otra vez para ver las luces del coche. Comencé a correr, pensando que pronto llegaría al edificio. Aunque se haya ido la luz voy a ver la pared blanca con las ventanas, voy a ver los faros de algún coche. Dejé de correr para estar atenta al sonido de motor que me parecía distinguir a lo lejos. Ahora me van a atropellar, me quejaba, para qué me bajé del coche, pero seguía avanzando, segura de que llegaría al edificio o a un edificio cerca del suyo o a algún lugar.

Pero la lluvia no cedió y me cansé de correr. En los zapatos el agua me aflojaba los calcetines, miré hacia abajo y vi que se me había desamarrado una agujeta. Apreté el botón del llavero del coche para volver a ver sus luces pero nada pasó. Lo seguí apretando sin ningún resultado, mirando hacia atrás, hacia donde creía que había dejado el coche, mirando para todos lados, parpadeando contra toda esa lluvia. Nada me rodeaba más que lluvia. El agua había inundado la ciudad, la cubría por entero, escondiéndolo todo. No tenía siquiera la certeza de que hubiera edificios, gente, algo a mi alrededor. Me quise agachar para amarrar el zapato que iba flojo pero apenas bajé la cabeza sentí que la lluvia me iba a cubrir entera a mí también. Me enderecé y apreté el botón de pánico de las llaves del coche, sin ningún resultado, y corrí un tramo más hacia la nada. Después caminé con la mano derecha estirada, ansiando tocar una pared, a alguien, un coche. Me daba vergüenza caminar así porque todavía pensaba que alguien me podía ver, que había algo a mí alrededor, pero rápido comprendí que así como yo no veía a nadie entre las cortinas de agua, nadie me estaba viendo a mí. Entonces levanté las dos manos hacia el frente, ardiéndome los dedos de frío y de horror y comencé a correr otra vez, desesperada, pensando en el supermercado que había sobre Jalisco, visualizando el sitio de taxis, rogando, voy a chocar contra algo.

Me senté después de un tiempo que no puedo medir. Me senté para tocar el suelo y ahuyentar la idea de que el agua había llenado la ciudad y ya ni el fondo de las cosas existía. Me puse a llorar quedito y mi cerebro cansado se fue olvidando de todo y me quedé dormida con los ojos abiertos. Me despertó la sensación de algo contra lo que descansaban mi hombro derecho y mi cabeza. Subí las manos de inmediato para tocar el objeto: era un árbol, el tronco de un árbol flaco con unas ramitas apenas. Lo rodeé con las manos y me aterroricé de haberlo encontrado, de confirmar la pesadilla con un elemento del mundo real. De verdad está pasando todo esto. Subí la mirada para encontrar la punta del arbolito y en el fondo un cielo negruzco del que apenas caían unas gotas. Me levanté como de un latigazo, a mi alrededor la ciudad se delineaba perfectamente con sus edificios y banquetas, los coches, las tiendas, las farolas y el súper que había estado buscando. Se distinguían los sonidos que acompañaban todo aquello, el motor de los pocos coches pasando por la calle grande y de pronto alguien que me llamaba desde un coche naranja con las palabras que suelen usar los dueños de coches naranjas. ¡Hey, amiga! ¡Hey! me gritaba mientras se iba acercando hacia la banqueta donde yo estaba con mi árbol. Me preguntó si estaba bien. Yo, que no aguantaba un segundo más de todo eso, intenté abrir la puerta de su coche pero el seguro estaba puesto.

–¿Estás bien? –repitió, en vez de abrirme.
–Sí. ¿Me puedo subir?

Me dejó subir al auto y se quedó estacionado con las intermitentes y la calefacción puestas. ¿Qué te pasó? me preguntó varias veces pero yo no podía dejar de temblar de frío, apenas lograba algunas palabras, no me atrevía a preguntarle cómo él no se había perdido en la lluvia, no entendía cómo había podido llover así de fuerte, cómo había podido desaparecer todo y de pronto regresar. Empezó a mirar hacia atrás y puso los seguros del coche, pensando que iba a llegar alguien a asaltarlo. Me dí cuenta y apreté los dientes para dejar de temblar y pedirle que me llevara a alguna parada de autobús.

–Sí, claro –me contestó y comenzó a avanzar despacio sobre la avenida pero siguió insistiendo– pero ¿qué te pasó, estás bien? Te puedo llevar a tu casa, si quieres.
–El autobús está bien. Gracias –contesté yo.

Varias veces quiso convencerme de llevarme a mi casa, me seguía preguntando qué me había pasado y si estaba bien. Cada uno de sus dada la situación increíbles intentos me hacía querer bajarme del coche. Pero, aunque era poco, seguía lloviendo y tan solo mirar las gotas sobre la ventana me llenaba el cerebro de electricidad. Llegamos a la estación del Polifórum y le pedí que ahí me dejara. Le agradecí otra vez y cuando abrí la puerta del coche me pidió mi teléfono, le dije que no vivía en el DF y entonces me ofreció darme el suyo. Repetí que no gracias. Entonces tomó mi mano blanca e hinchada por la lluvia, le dio un beso y me dijo Cuídate, princesa. Me eché a correr hacia la parada, el camión me estaba esperando.

Arriba había poca gente, pero todos estaban tan mojados como yo, de punta a punta, escurriendo sobre el suelo. Apretábamos los tubos de donde íbamos agarrados, mirando hacia las ventanas. Yo iba de pie con la angustia de que todo volviera a desaparecer, queriendo llorar a gritos para soltar toda esa agua que sentía que se me había metido, buscando un par de ojos cargados con las mismas ganas que yo tenía, alguien que me contara lo mismo que yo quería contar. Pero en todo el trayecto nadie quiso ni mirarme. Nadie hubo que siquiera soltara uno de esos comentarios obvios que a la gente le encanta hacer cuando llueve fuerte. No hubo nadie que me diera el consuelo de no ser víctima solitaria. Nadie quitaba la vista de las ventanas, nadie soltaba su tubo. Y yo aferrada a no ser la única.

3 pensamientos en “Lluvia de una

  1. Sandy. Que bueno está este cuento. Me llevaste de la curiosidad a la angustia y a la tristeza y hasta me hiciste llorar!
    Me parece estupendo la forma en que retrataste una madrugada de lluvia torrencial y como el personaje del cuento exterioriza sus temores a través de esta lluvia.
    Y también me hiciste recordar los aguacerazos de Jalisco, que se cae el cielo.
    Te cuento, a mi me pasó que quedé atrapada en una lluvia similar a la que describes, o más buen una TROMBA aquí en Vallarta, y aunque eran las 3pm, había CERO visibilidad y como mi coche está súper Chaparro, decidí subirme a la banqueta, para que el agua no subiera tanto y tal vez hasta tapar las ventanas. Error!!! Xq al subir a la banqueta caí en un hoyo y la llanta delantera derecha estaba atrapada en ese hoyo.
    Llamé a Livi, quien me hizo favor de hablar a una grúa, y la lluvia seguía y seguía. Pasó un señor y quizo ayudarme a sacar el carro del hoyo pero no pudo!! Y el agua seguía subiendo. La grúa no me encontraba xq la visibilidad era CERO. Yo abri mi ventana y me sentr en ella y aunque me estaba empapando, chiflaba lo más fuerte que podía, pero nada . Yo rezaba y rezaba y le pedía a Dios que me mandara ayuda . Y si que me la envió. Pasó una camioneta pick up con 4 hombres en la caja y se bajaron y ente los 4 cargaron el coche y lo pusieron sobre la calle y me pidieron que avanzará al lugar más cercano y eso era el consultorio donde trabajo. Y aunque yo les decía que mi carro no iba a poder avanzar xq el agua de la lluvia estaba casi a media puerta, ellos insistieron en que lo hiciera y ellos se fueron en su camioneta atrás de mi cuidándome. Con mucho miedo manejé hasta el consultorio y sentía como el agua corría abajo del coche y el nivel llegaba a media puerta! Pero lo logré gracias a que Dios me
    Envió esos ángeles que me ayudaron!!
    Fue algo muy pero muy feo!
    Desde entonces, si empieza a llover aunque sea la más mínima lluvia, NO MANEJO. Prefiero esperar a que termine la lluvia o de plano NO SALIR! Ya no quisiera volver a pasar por esa mala experiencia que tuve!!
    Ay perdón Sandy, ya me excedí en mi comentario

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