Magia en Amsterdam

Hay alguien sentada en un sillón, revisando los estados de cuenta de sus clientes, del otro lado del mundo, con 3 grados afuera y las vías del tren frente a la ventana llena de lluvia. Está pensando en tu esposo, en el papá de tus hijos. En que hubo una vez en que él, tu esposo, la llevó a su casa en su coche. Iban sobre la calle de Amsterdam en la Condesa, cerca del departamento donde él vivía, donde viven ustedes ahora. Tu esposo la estaba llevando a su casa porque estaba muy enamorado de ella. Le gustaba mucho a tu marido, esta mujer que ahora lo recuerda con el tren pasando a la derecha, le gustaba tanto que desde la Condesa la iba a llevar a su casa en Lomas Verdes. Y ahí iban, en el tráfico rápido de las cuatro de la mañana recién entradas, cuando tu marido le preguntó a esta mujer lejana si quería que le hiciera un truco de magia. Ella contestó que sí.

–Cierra los ojos –dijo entonces tu marido.

Los cerró ella sin miedo, esperando el truco sin sospechar nada romántico. Porque esta mujer no estaba enamorada de tu marido, solo le caía muy bien, y aunque hizo el intento, nunca pudo enamorarse de él. Pero todavía no lo sabía, en aquel entonces. En aquel entonces tenía los ojos cerrados, a las cuatro de la mañana en un coche rojo frente a un semáforo rojo a punto de ponerse verde. Tu marido le dijo que contara hasta tres. Uno, dos y en el tres sintió la boca suave de un primer y único beso. Abrió los ojos y sonrió muy sorprendida. Pensó que a su edad ya nadie hacía esas cosas románticas. Se había puesto el verde en el semáforo y en el silencio del coche tu marido encontró un escondite en el volante y el pavimento negruzco. La mujer, muy conmovida pero ya sospechando que por él no sentía nada, comenzó un tema de conversación casual para recorrer lo que quedaba del largo camino hacia Satélite.
Después no pasó nada entre tu marido y esta mujer, dejaron de salir y unos meses después ustedes se conocieron y se enamoraron. Ahora tú estás con él, tienes dos hijos con él, te enojas a veces con él, a veces él contigo, te hartas de él, sientes que lo necesitas desde el fondo de tu alma, que lo amas, que él te adora a ti. Y luego lees esto, este recuerdo de alguna mujer misteriosa de la que probablemente nunca oíste hablar, una mujer que salió un par de noches con tu marido –siempre fue de noche– y que guarda este recuerdo con una sonrisa y se siente orgullosa cuando piensa en la vez que le ofrecieron un truco de magia sobre la calle de Amsterdam. Lees esto y los celos no te hieren, te quedas muy tranquila y hasta te parece romántica la idea de esa mujer que ahora vive lejos y se acuerda de los hombres que no fueron para ella. Incluso sonríes y piensas tú misma en tus amores de juventud, no te ofende ni te amarga este recuerdo que estás leyendo, porque cómo vas a saber que se trata de tu esposo, si a la historia le cambiaron algunos detalles, si no dicen los nombres, si podría ser cualquiera. Cómo vas a darte cuenta, si este recuerdo pertenece nada más a la mujer que lo recuerda, solo a ella, y a tu marido.

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