Me llamaste en tu sueño más oscuro. Me pediste que algo hiciera. No entendías cómo podía saber que estabas sufriendo así y no hacer nada. Pero cuando te vengo a visitar te escondes. Me escribes cartas con insultos, me reclamas el haber venido.
Yo vengo a ver la tierra, el cielo que la cubre como no cubre ningún cielo a ninguna otra tierra. Aquí como que la abraza, como que le entierra sus dedos y están las raíces de lo de arriba en lo de abajo.
Y eso tú no lo ves. Porque me estás escribiendo otra de tus cartas, alguna petición, que jamás te atreverías a leerme en persona. Me reclamas otra vez que haya venido.
Vengo por las sombritas que se forman de noche en las calles negras. Vengo por su tristeza, me llamó su llanto. Del que no hay mucho más qué decir.
Vine por ti, sobre todo. Por tus cartas, para dejarte escribirlas, releerlas. Para que escuches que voy pasando por alguna calle cercana y te agarres a tu silla. Que te digas que no quieres salir a verme sonreír. Y cuando me esté yendo –porque no me puedo quedar– salgas a buscarme en un rapto. Me querrás encontrar por donde ya pasé. Y luego, ya cansado, entendiendo que me fui, regresarás a tu escritorio a escribirme otra carta.
Ahora con lo que de verdad me quieres decir.