Bomma creció en un internado religioso. “Con las monjitas…”, comienza diciendo cuando va a contar una historia de aquella infancia. “Con las monjitas…”, nos dice y cuenta alguna cosa extraña, sin que quede claro en sus palabras o si quiera en el tono de su voz el sentimiento que el recuerdo le provoca. Bomma tiene ochenta y dos años.
Cuando tenía unos doce y vivía con las monjitas, iba a misa todos los domingos y hacía la comunión. Se ponía en la fila con todas las niñas de su año para recibir la hostia de las manos de algún sacerdote muy viejo. Primero la primera, luego la segunda, hasta llegar a la última. Había tantas hostias como niñas. Sucedió un día que cuando la última niña iba a recibir la hostia, en el camino entre la copa y la boca, la Santa Oblea se cayó. La niña, aún con la boca abierta, se dio cuenta de lo que había pasado y se agachó aterrorizada para buscar el panecito sagrado. El sacerdote se quedó con la copa dorada y vacía en la mano blanca. Acudieron las monjas y se pusieron a buscar también. Las demás niñas permanecían arrodilladas sobre las bancas de madera, sudando el pánico de su compañera.
Buscaron y buscaron. «Sacúdete la ropa», le dijeron las monjas a la niña, y se la sacudieron ellas, esperando que cayera el circulito. Nada. Miraron las monjas al sacerdote. El sacerdote a la niña. La niña al suelo. Regresó el sacerdote al altar, la niña a las bancas de madera, las monjas a donde las monjas se sentaban y concluyó la misa.
Pasaron unos días. Estaba Bomma leyendo en el salón de hacer la tarea cuando dos dedos le tocaron el hombro. Se giró discretamente, cuidándose de la monjita que hacía como que leía también en el escritorio grande, pero en realidad dormitaba, y entre cabeceo y cabeceo echaba miradas para asegurarse de que las niñas estuvieran trabajando. La niña sentada detrás de Bomma le dio un papelito doblado. Un recadito en letra cursiva que decía: Encontré la hostia en mi libro. Lo que Bomma habrá sentido al leer tal enunciado no se sabe. Solo nos contó que leyó el recado dos veces y después miró de nuevo hacia atrás, esta vez sin tanto cuidado, para mirar a la niña que le había dado el papelito. Si la tal niña temblaba de miedo o sonreía presumida tampoco lo sabemos, pero algo habrá visto Bomma, algo habrá pensado, que la hizo levantarse de su pupitre. Caminó hacia la monja, que se despertó con el ruido de los zapatitos de Bomma, y le dio el recadito. La monja lo leyó y no entendió. Se enojó. Miró a Bomma. Leyó una vez más, se acordó del incidente de la misa del domingo y miró de nuevo a Bomma, que rápido le dijo de quién venía el recadito. Entonces salió la monja apurada a avisar al prefecto, que era sacerdote también, del paradero del sacramento.
Bomma regresó a su escritorio. Todas las niñas, incluyendo a la que tenía la hostia enterrada en el libro, estaban mudas. Esperaron un rato y el primer signo fue, viniendo de lejos, el sonido de una campanita, la que sonaba en la misa a la hora de las intenciones. El sonido se fue acercando. Entraron varias monjitas al salón, de dos en dos, con velas encendidas. La campanita sonó cuatro veces sobre el pasillo y luego cruzó la puerta, en la mano del monaguillo. Poquito detrás venía el prefecto con su túnica blanca, en las manos una caja grande, color del oro, que parecía muy pesada. Las monjas con las velas se acomodaron para marcar el camino hacia la niña que había encontrado la hostia. En su escritorio estaba el libro abierto, la hostia esperando entre la página cincuenta y uno y la cincuenta y dos. Avanzó el prefecto, la campanita sonando, abrió despacio la caja dorada, recogió más despacio el circulito, cerró la caja y regresó por el mismo camino de monjas con sus velas. Detrás el monaguillo sonando su campanita sin perder un compás.
La palabra hostia viene del latín hostia, que significa sacrificio, ofrenda o víctima. Comparte raíz con hospes, que puede significar huésped pero también enemigo. En Neerlandés, el idioma que Bomma habla, hostia se dice hostie.
Muy bonito cuento!
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