Día de suerte

Sucedió un martes muy caluroso que notable Señora se vio cubierta de todo lo malo que la ciudad guardaba.
Había estado muy mal ella, sintiéndose incómoda, bastante nostálgica, caminaba con paso triste, sonreía para convencer a los demás. El martes en que el calor comenzaba a entrar en el país, la Señora se había despertado con un buen presentimiento. Este se había cumplido todo el día, hasta que caminando se acercó a la estación central, un edificio precioso, por fuera de piedra y por dentro de cristal, pero muy viejo. Tan viejo que sus tuberías de aguas negras no tenían salida a las alcantarillas de la ciudad. Cada cierto tiempo venía un camión naranja con un contenedor como en los que se transporta cemento, y con una manguera de plástico percudido sacaba lo que tenía que salir del edificio.
Caminaba la Señora en su día de suerte y cada paso la acercaba decididamente hacia la manguera y el camión naranja haciendo su trabajo. Estando ya muy cerca notó el olor que todos alrededor intentaban evadir, pero no les era posible. El camión bloqueaba el paso, obstruía la mitad de la banqueta reservada para las bicicletas y la mitad de la de los peatones. La Señora eligió caminar por la izquierda para no molestar a los ciclistas y vio la manguera apenas en el instante en que con el tacón de su zapato derecho la desconectaba del camión.

–¡NO! –exhaló alguien que estaba cerca de la Señora y el camión y la manguera, pero no lo suficientemente cerca como para evitar lo que sucedió– ¡Ay no, no, no, no!–inhaló.

Sí. Estaba pasando. La Señora estaba cubierta, de pies a cabeza. Había ocurrido en un instante, había logrado cerrar los ojos y apretar la boca hasta sellarla. No respiraba. Apenas empezaba a entender lo que en el día más afortunado le estaba ocurriendo, y antes de que lo horroroso de la situación le quedara del todo claro a su cerebro alarmado, la bañaron en un agua tibia que se llevó todo aquello. Sucedió todo en menos de un minuto. Se detuvo el agua y hacía calor, el aire la rodeaba suave, tibio, parecía un día de verano.
Abrió los ojos, nadie la miraba. No había círculo de curiosos a su alrededor, no la señalaba nadie. Solo estaba una empleada con uniforme naranja, ofreciéndole una toalla blanca muy grande, sin decir palabra.
La Señora tomó la toalla y se secó la cabeza, su peinado desecho y lo que pudo de la ropa; el sol le ayudó con el resto. Si insistía con la toalla era más bien para comprobar que estuviera limpia, que no hubiera rastro de… lo que ahora comenzaba a dudar que hubiera ocurrido. ¿No lo vio nadie? La mujer de naranja seguía a su lado y cuando la Señora se giró para verla no encontró en su gesto nada que le indicara que algo tan horrendo le hubiera pasado. No había lástima ni preocupación o rechazo. Tampoco disculpas. Nada. Como si nada hubiera pasado. Pero sí pasó, claro que pasó, no había manera de negarlo. Estaba todavía húmeda del agua con que le habían quitado todo aquello de encima. Pasó y allí estaba la Señora, allí seguía. Pasó y no pasó nada.

Sucedió en el día más afortunado que notable Señora se vio cubierta de las aguas negras que sacaban de la estación central. No hubo consecuencia alguna.

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